“Que tu hija coma con el perro”, se burló mi hermana mientras mi madre sonreía frente a toda la familia. Me fui con la comida que yo había pagado, pero una anciana me alcanzó en la calle y susurró: “Hay algo que nunca te dijeron sobre tu madre”…
Salí de aquella casa con las piernas temblando y una caja vieja entre los brazos.
Lorena me la había entregado antes de despedirme.
—Estaba guardada arriba del clóset cuando llegamos —me explicó—. La señora Patricia dijo que podíamos tirarla, pero vi que había recuerdos de un bebé y me dio lástima.
No sabía que aquella caja contenía los últimos pedazos de una vida que me habían robado.
Sin embargo, antes de abrirla tenía algo urgente que resolver.
Necesitaba impedir que vendieran mi casa.
Llamé a una abogada llamada Gabriela, una clienta habitual de mi negocio de pasteles.
Me recibió esa misma tarde.
Revisó la escritura, los documentos sucesorios y las copias que Teresa había conservado.
—Mariana, el inmueble está registrado a tu nombre —me explicó—. Pero tenemos que revisar exactamente qué facultades le otorgaste a Patricia y si todavía están vigentes.
Solicitamos la información correspondiente en la notaría donde había firmado aquellos papeles a los dieciocho años.
Cuando tuve la copia frente a mí, sentí vergüenza de mi propia ingenuidad.
No había firmado una solicitud de apoyo.
Era un poder notarial que permitía a Patricia administrar la propiedad, cobrar rentas y realizar determinados actos de disposición en mi representación.
Gabriela revisó cada cláusula.
—Hay que iniciar la revocación formal, notificarla y tomar medidas para evitar que intenten cerrar una operación mientras se aclara todo.
Hicimos los trámites correspondientes y notificamos por escrito a Patricia y a la inmobiliaria.
También advertimos a la asesora que yo no autorizaba la venta.
La mujer me llamó esa misma tarde.
—Señora Mariana, lamento muchísimo lo sucedido. Patricia nos aseguró que usted no estaba en condiciones de ocuparse personalmente de sus asuntos.
—¿Qué les dijo exactamente?
Hubo una pausa incómoda.
—Que tenía problemas mentales graves y que ella se encargaba de proteger sus intereses.
Me quedé mirando la pared.
Para los inquilinos, yo era una mujer incapacitada.
Para mi hermana, una pobretona ignorante.
Para Patricia, una hija que debía agradecer hasta las sobras.
Pero para Elena, mi verdadera madre, había sido lo más importante del mundo.
Esa noche, cuando Sofía se durmió, abrí la caja que Lorena me había entregado.
Había un pequeño mameluco amarillo, unos zapatitos tejidos y una pulsera de hospital.
Debajo encontré un cuaderno con flores dibujadas en la portada.