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Mi teléfono recibió decenas de mensajes.
Patricia decía que yo había arruinado su cumpleaños.
Fernanda me llamó miserable y desagradecida.
Ricardo amenazó con prohibirme volver a las reuniones familiares.
Nadie preguntó cómo estaba Sofía.
A la mañana siguiente fui a casa de Teresa.
Sacó una caja metálica llena de fotografías.
En la primera aparecía una joven enfermera de cabello castaño y ojos grandes.
Tenía mi misma sonrisa.
—Es Elena —dijo Teresa—. Tu mamá.
Debajo había una fotografía donde sostenía a una bebé.
Era yo.
También encontré una carta.
“Hoy Mariana dijo mamá por primera vez. Nunca imaginé que una palabra tan pequeña pudiera hacerme tan feliz”.
Lloré abrazando aquella fotografía.
Pero Teresa todavía tenía algo que mostrarme.
Una copia antigua de la escritura de la casa y documentos sucesorios.
Con esos datos acudí al Registro Público de la Propiedad y solicité asesoría para revisar el expediente.
La casa seguía registrada a mi nombre.
Mi nombre.
No el de Patricia.
Al día siguiente visité la propiedad.
Una mujer llamada Lorena abrió la puerta.
—Disculpe —le dije—. Soy Mariana. Necesito hablar con usted sobre esta casa.
Lorena frunció el ceño.
—¿Mariana? Pero la señora Patricia nos dijo que la dueña estaba incapacitada y que ella podía encargarse de todo.
Me mostró los comprobantes de renta.
Pagaba once mil pesos mensuales.
Parte de los depósitos llegaban a la cuenta de Patricia y otros a la de Fernanda.
Entonces Lorena agregó algo que me dejó helada.
—Por cierto, la señora Patricia nos avisó que tenemos que desocupar en diciembre.
—¿Por qué?
—Porque van a vender la casa. Su hija Fernanda vino con una asesora inmobiliaria y dijo que con ese dinero compraría una propiedad más grande.
Sentí que me faltaba el aire.
Lorena bajó la voz.
—Escuché a Fernanda decirle a su esposo: “Mariana jamás se enterará. Todavía cree que firmó unos papeles para recibir un apoyo”.
En ese momento entendí que la humillación de mi hija no había sido el único abuso.
Durante décadas me habían ocultado mi origen, utilizado mi patrimonio y preparado una venta a mis espaldas.
Y todavía faltaba descubrir hasta dónde estaban dispuestas a llegar para quedarse con lo que mi verdadera madre me había dejado.
PARTE 3
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