“Que tu hija coma con el perro”, se burló mi hermana mientras mi madre sonreía frente a toda la familia. Me fui con la comida que yo había pagado, pero una anciana me alcanzó en la calle y susurró: “Hay algo que nunca te dijeron sobre tu madre”…

  • Porque llevaba treinta y cuatro años haciéndome esa misma pregunta.
  • Al salir del edificio escuchamos una voz.
  • —¡Mariana! ¡Espérame!
  • Era la tía abuela Teresa, una mujer de ochenta y cinco años que caminaba apoyándose en un bastón.
  • Había permanecido callada durante la fiesta, pero recordaba perfectamente su expresión cuando Fernanda humilló a Sofía.
  • Se acercó con dificultad y me tomó del brazo.
  • —Hiciste bien, hija. Debiste hacerlo hace muchos años.
  • Después miró hacia las ventanas del departamento de Patricia.
  • —Necesito decirte algo. Algo que he guardado durante más de treinta años.
  • Su voz comenzó a temblar.
  • —Patricia no es tu madre biológica.
  • Sentí que el mundo desaparecía debajo de mis pies.
  • —¿Qué?
  • —Tu verdadera mamá se llamaba Elena. Era la hermana menor de Patricia.
  • Me senté en una banca.
  • Teresa continuó.
  • Elena había sido enfermera. Murió atropellada cuando yo apenas tenía un año.
  • Mi padre biológico se había marchado antes de que naciera.
  • Patricia y su esposo, José, me recibieron en su casa y posteriormente formalizaron mi adopción.
  • —Pero Patricia no lo hizo solamente por cariño —susurró Teresa—. Elena te dejó algo muy importante.
  • La miré sin comprender.
  • —¿Qué cosa?
  • —Una casa pequeña en Puebla. Tus abuelos se la habían heredado a Elena. Cuando ella murió, quedó a tu nombre.
  • Sentí un escalofrío.
  • —¿Una casa?
  • —Sí. Patricia la administró porque tú eras una bebé. Y comenzó a rentarla.
  • Durante todos aquellos años, mi madre adoptiva me había repetido que mantenerme era una carga.
  • A los dieciséis me obligó a trabajar.
  • A Fernanda le pagaron universidad privada, automóvil y una boda enorme.
  • Yo apenas terminé la preparatoria.
  • Entonces recordé algo.
  • Cuando cumplí dieciocho años, Patricia me llevó a una notaría.
  • —Firma aquí, Mariana. Es un trámite para conseguir un apoyo de vivienda.
  • Yo firmé.
  • Nunca leí los documentos.
  • Teresa apretó mi mano.
  • —Mañana ven a mi casa. Tengo fotografías de Elena y cartas que ella escribió. También guardé los datos de la propiedad.
  • Aquella noche no pude dormir.
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