Carmen estaba parada frente a mí.
Llevaba un vestido oscuro y un bolso bastante gastado.
Su cabello, que antes lucía perfectamente arreglado, estaba recogido sin demasiado cuidado.
Pero conservaba la misma expresión arrogante.
—Buenos días, Carmen —respondí.
Ella me examinó de arriba abajo.
—¡Qué bonito! Ahora te compras ropa, vas a salones y seguramente te gastas lo que le estás quitando a mi hijo.
Tomé un sorbo de café.
—Estoy gastando mi propio dinero.
—¡Qué conveniente! Cuando estabas casada nunca querías arreglarte.
—Cuando estaba casada no tenía tiempo. Trabajaba para pagar un departamento que no era mío.
Su rostro se puso rojo.
Algunas personas comenzaron a mirarnos.
Carmen siempre había disfrutado de tener público.
—¡No seas descarada! ¡Héctor te dio una vida cómoda!
La observé.
—¿Cómoda? Dormía cinco horas diarias, Carmen.
—¡Pues porque querías!
—Trabajaba para pagar su crédito, su remodelación y buena parte de los gastos. Ahora trabajo menos y me alcanza para vivir tranquila. Esa es la diferencia.
Ella apretó los labios.
Por primera vez, parecía no tener una respuesta preparada.
Pero solamente tardó unos segundos en recuperar su seguridad.
—Bueno, Adriana, precisamente quería hablar contigo.
Sentí una pequeña punzada de curiosidad.
—Te escucho.
Carmen miró alrededor y bajó ligeramente la voz.
—Héctor está pasándola muy mal.
No dije nada.
—Ximena resultó una cualquiera. Le sacó todo lo que pudo y después lo abandonó.
—Lamento que esté viviendo una situación difícil.
Mi exsuegra pareció interpretar mi educación como una señal de esperanza.
Se acercó un poco.
—Mi hijo cometió un error, Adriana. Un error que cualquier hombre puede cometer.
—Fue una decisión, Carmen. No un accidente.
—¡Ay, no empieces! Lo importante es que aprendió la lección.
Miré mi reloj.
—¿Necesitas algo más?
Entonces apareció aquella sonrisa que tanto conocía.
