“¿Por qué renunciaste a tu segundo trabajo después de divorciarte de mi hijo y ahora te la pasas en salones?”, me gritó mi exsuegra al verme tan arreglada. No le expliqué que ya no mantenía a nadie ni pagaba una hipoteca ajena. Solamente le pregunté si su hijo le había contado lo de la demanda. Su respuesta me hizo comprender que todavía ignoraba lo peor…

La mujer por quien Héctor había destruido nuestro matrimonio terminó abandonándolo precisamente cuando dejó de contar con mi dinero.

Carmen, por supuesto, encontró una explicación diferente.

Según ella, Ximena había sido una interesada y yo una mujer vengativa que había provocado toda aquella desgracia.

En las conversaciones con algunos familiares, empezó a repetir:

—Adriana nos engañó. Todo lo planeó desde el principio.

Mi excuñada Laura, que nunca había participado en nuestras discusiones, me llamó para disculparse.

—Mi mamá está diciendo cosas horribles de ti. Yo sé que no son ciertas.

—No te preocupes, Laura.

—También dice que Héctor está enfermo de los nervios y que deberías perdonarlo.

Miré la computadora donde estaba revisando las cuentas de uno de mis clientes.

—Perdonarlo por lo que me hizo es una decisión personal. Regresar con él y renunciar a mi dinero son cosas completamente diferentes.

Laura suspiró.

—Eso mismo le dije a mi mamá.

Seis meses después del divorcio, mi vida había cambiado tanto que a veces me costaba reconocerme.

Renuncié a dos de los trabajos adicionales que realizaba por las noches.

Conservé mi empleo principal y un pequeño cliente que me gustaba atender.

Por primera vez en años tenía las tardes libres.

Arreglé el departamento que me había donado mi abuela.

No compré pisos italianos ni muebles carísimos.

Elegí una cocina sencilla, paredes claras y un sofá cómodo junto a la ventana.

Mandé restaurar una mesa de madera que había pertenecido a mis abuelos.

Compré plantas.

Puse un sillón pequeño en el balcón.

Y coloqué una cama acolchada para Sombra junto a la puerta de la habitación.

El gato parecía feliz.

Yo también comenzaba a estarlo.

Me inscribí a clases de yoga tres veces por semana.

Volví a salir con mis amigas.

Fui al cine sin mirar constantemente el reloj.

Una tarde pasé casi dos horas buscando un vestido para mí, sin sentir que estaba robándole dinero al futuro de nadie.

Lo más extraño era que, aunque trabajaba menos, podía ahorrar más.

Ya no cubría gastos ajenos.

No había reparaciones inesperadas de camionetas que no utilizaba.

No existían viajes de último minuto para que mi esposo saliera con sus amigos.

Tampoco había una suegra revisando mis compras y preguntándome por qué gastaba dinero en algo que no beneficiaba a su hijo.

Descubrí algo extraordinariamente sencillo.

Mi sueldo siempre había sido suficiente para vivir bien. Lo que no alcanzaba era mi sueldo para mantener los caprichos de otras personas.

Una mañana de sábado decidí ir a una plaza comercial al sur de la Ciudad de México.

Tenía cita en una estética.

Me cortaron el cabello a la altura de los hombros y me hicieron un tratamiento que llevaba años posponiendo.

Cuando me miré al espejo, la estilista sonrió.

—Te quitamos varios años de encima.

Yo me reí.

—Creo que también me quitaste varios problemas.

Salí con una bolsa pequeña de productos para el cabello y un capuchino.

Iba caminando hacia las escaleras eléctricas cuando escuché una voz que conocía demasiado bien.

—¡Mira nada más! ¡Ahora sí tienes dinero para arreglarte!

Me detuve.

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