La sonrisa de una mujer que estaba convencida de poder decidir el destino de los demás.
—Héctor y yo estuvimos hablando anoche.
Esperé.
—Y después de pensarlo mucho, mi hijo está dispuesto a perdonarte.
Por un instante creí haber escuchado mal.
—¿Perdonarme?
—Sí. Todo este escándalo del divorcio, la demanda, las humillaciones que nos hiciste pasar…
La miré sin parpadear.
Carmen continuó:
—Está dispuesto a aceptarte otra vez como esposa. Podrías regresar al departamento, volver a ser una familia y dejar todo esto atrás.
Sentí ganas de reír.
Pero ella todavía no había terminado.
—Claro que hay una condición.
—¿Cuál?
Levantó un dedo con solemnidad.
—Tienes que retirar el procedimiento de cobro y renunciar a ese dinero. Ya bastante daño le hiciste a mi hijo. Si realmente quieres reconciliarte, tienes que demostrar que no eres una interesada.
Me quedé inmóvil.
Mi esposo me había engañado.
Me había despreciado frente a su madre.
Había utilizado mis ingresos para pagar una propiedad que estaba exclusivamente a su nombre.
Después había intentado negar el compromiso que firmó conmigo.
Y ahora pretendía que yo le pidiera perdón y renunciara a más de un millón de pesos por el privilegio de volver a vivir con él.
Fue tan absurdo que terminé soltando una carcajada.
Carmen retrocedió.
—¿De qué te ríes?
Intenté controlarme.
No pude.
—Perdóname, Carmen. Es que pensé que me ibas a pedir ayuda para Héctor. Nunca imaginé que venías a ofrecerme el honor de mantenerlo otra vez.
—¡No te burles! ¡Te estoy ofreciendo una segunda oportunidad!
Dejé de reír.
—No necesito una segunda oportunidad con tu hijo.
—¡Te vas a quedar sola!
—Ya vivo sola. Y estoy mucho mejor.
Carmen miró a nuestro alrededor.
Algunas personas habían disminuido el paso.
Entonces decidió utilizar su último argumento.
