Guardó silencio unos segundos.
—Qué bueno, mijita. Pero quiero preguntarte algo.
—Dime.
—¿Ya estás durmiendo bien?
Aquella pregunta me hizo llorar otra vez.
Porque mi abuela no estaba pensando en el dinero.
Estaba pensando en mí.
Héctor no recibió la sentencia con la misma tranquilidad.
Daniel me contó que su abogado intentó negociar un convenio de pago.
La situación financiera de mi exesposo era peor de lo que yo imaginaba.
Además de la hipoteca, debía el préstamo que había solicitado para comprarle el celular a Ximena.
También tenía saldos importantes en tarjetas de crédito.
Yo había pasado dos años cubriendo gran parte de los gastos de la vivienda, así que Héctor nunca había tenido que administrar verdaderamente su sueldo.
Ahora debía pagar todo sin mi ayuda.
Y Ximena, la mujer que supuestamente sabía disfrutar la vida, descubrió que disfrutarla era mucho menos emocionante cuando había facturas pendientes.
Al principio intentó convencerlo de vender la camioneta.
Héctor se negó porque todavía la estaba pagando.
Después le sugirió pedir dinero a su madre.
Carmen solamente tenía una pensión y algunos ahorros.
Finalmente, Ximena propuso algo que terminó de destruir la relación.
—Vende el departamento. Pagas lo que debes y compramos otro después.
Héctor se enfureció.
—¡Ese departamento es mío! ¡Lo tenía desde antes de conocer a Adriana!
—Pues ahora también tienes una deuda de más de un millón —respondió ella.
Las discusiones comenzaron a escucharse por todo el edificio.
Una vecina que todavía conservaba mi número me escribió una tarde.
Adriana, no quiero meterme, pero qué bueno que ya no estás aquí. Se la pasan gritando.
No contesté.
Ya no era mi problema.
Tres semanas después, Héctor regresó del trabajo y encontró el departamento casi vacío.
Ximena se había marchado.
Se llevó sus pertenencias, el teléfono que él había comprado a crédito y algunos aparatos electrónicos que Héctor después aseguró que también eran suyos.
Le dejó un mensaje breve:
No pienso vivir endeudada por problemas de tu exesposa. Necesito alguien que pueda ofrecerme estabilidad.
Cuando me enteré, no sentí alegría.
Me pareció irónico.
