Recordaba perfectamente cuándo las había recibido.
La primera llegó mientras esperaba mi turno en una farmacia, después de enfermarme por exceso de trabajo.
La segunda, durante una madrugada en la que llevaba seis horas preparando informes fiscales.
Entonces había pensado que tenía un esposo agradecido.
Ahora comprendía que tenía un hombre acostumbrado a prometer porque nunca imaginaba que tendría que cumplir.
Sin embargo, el juicio no terminó aquel día.
La defensa cuestionó varias cantidades y presentó argumentos sobre los gastos ordinarios de nuestra convivencia.
Daniel me explicó que debíamos ser pacientes.
—Una cosa es demostrar que pagaste y otra acreditar que cada cantidad entra en el convenio. El juzgado tiene que revisar todo.
Acepté.
No buscaba un castigo inventado ni una venganza fuera de la ley.
Solamente quería recuperar lo que legítimamente me correspondía.
Durante los meses siguientes se revisaron los comprobantes, las transferencias y las condiciones de nuestro acuerdo.
Algunos gastos fueron excluidos porque no pudimos demostrar que estuvieran cubiertos por el convenio.
Al final, la sentencia reconoció a mi favor 1,180,000 pesos, además de los conceptos legales que correspondieran.
Cuando Daniel me llamó para comunicarme la resolución, estaba en el departamento de mi abuela, pintando una pared de color blanco.
Dejé la brocha sobre una cubeta.
—¿Un millón ciento ochenta mil? —pregunté.
—Sí, Adriana. La sentencia reconoce esa cantidad. Héctor todavía puede utilizar los recursos legales disponibles, pero tenemos una resolución favorable.
Me senté en el suelo.
Sombra se acercó y empezó a restregar su cabeza contra mi brazo.
Y entonces lloré.
No porque estuviera triste.
Lloré porque, por primera vez en muchos meses, sentí que alguien había reconocido que mi trabajo tenía valor.
Durante nuestro matrimonio, Héctor siempre hablaba de la hipoteca como si él estuviera sacrificándose para pagarla.
Cuando sus amigos admiraban la remodelación, decía:
—Nos ha costado muchísimo esfuerzo, pero ahí vamos.
Nunca mencionaba que yo trabajaba hasta la madrugada.
Nunca explicaba que él utilizaba buena parte de su sueldo para divertirse.
Y cuando su madre elogiaba la nueva cocina, Héctor respondía orgullosamente:
—Quedó padrísima, ¿verdad?
Yo sonreía desde una esquina.
Ahora me preguntaba cómo había permitido que mi propia voz desapareciera durante tanto tiempo.
Aquella noche llamé a mi abuela.
—Ganamos, abuelita.
—¿Recuperaste tu dinero?
—El juicio salió a nuestro favor.
