3. Aguileña
La aguileña tiene una forma muy particular que la hace destacar frente a otras flores. Sus flores son delicadas y con una estructura poco común, lo que aporta un toque diferente, especialmente en zonas con sombra parcial donde no siempre es fácil mantener el color.
Prefiere temperaturas frescas y lugares donde no reciba sol fuerte durante todo el día. Una de las cosas más interesantes de esta planta es que cambia con el tiempo. Como se poliniza fácilmente con otras, las nuevas plantas pueden aparecer con colores ligeramente distintos.
Esto hace que el jardín evolucione poco a poco sin necesidad de hacer nada extra. No se extiende de forma agresiva, pero sí lo suficiente como para mantenerse presente sin dominar el espacio.
4. Cleome
La cleome, también conocida como flor de araña, aporta altura y un aspecto más suelto al jardín. Sus tallos altos terminan en racimos de flores en tonos rosados, morados o blancos, lo que ayuda a dar profundidad a los macizos.
Al final de la temporada, forma vainas largas llenas de semillas que, al secarse, se abren y caen al suelo. Gracias a esto, suele volver con facilidad al año siguiente, a veces en mayor cantidad.
Una vez establecida, puede requerir un poco de control para que no se vuelva demasiado densa. Aun así, es una planta fácil de cuidar, se adapta bien a distintos suelos y resiste el calor sin problemas.
Con el tiempo, aporta un aspecto más natural y menos rígido al jardín.
