—Hola, Vale.
—Hola, Gabriel.
Me senté con las manos temblando.
—Me dijeron que te recuperaste bien.
—Sí.
Tengo que seguir con mis revisiones, pero estoy mucho mejor.
—Me alegra.
Durante unos segundos no supimos qué decir.
Entonces observé su cuaderno.
—¿Estás diseñando otra vez?
Sonrió ligeramente.
—Estoy preparando mi primera colección.
—¿Para Mendoza Atelier?
Negó con la cabeza.
—Para mí.
Asentí.
Quise pedirle que me mostrara los dibujos, como hacíamos cuando éramos jóvenes.
Pero mantuvo el cuaderno cerrado y comprendí que ya no tenía derecho a entrar en cada rincón de su vida.
—Valeria, quiero pedirte perdón.
Ella no respondió.
—Por Renata.
Por el vestido de tu cumpleaños.
Por hacerte sentir que trabajar conmigo era un privilegio que podía quitarte.
Y por aquella llamada del hospital.
Su expresión cambió cuando mencioné la llamada.
—Recuerdo perfectamente tu voz —dijo—.
La enfermera puso el teléfono en altavoz porque yo quería escucharte.
Bajé la mirada.
—Lo sé.
—Cuando dijiste que estabas demasiado ocupado, sentí vergüenza.
La miré.
—¿Vergüenza?
—Sí.
Me dio vergüenza haber insistido tanto para que estuvieras conmigo.
Como si necesitar a mi esposo fuera algo que debía justificar.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—No debiste sentir eso.
—Pero lo sentí, Gabriel.
Y no fue solo por aquella mañana.
Me contó que durante años había dejado de compartir conmigo sus inquietudes.
Primero porque siempre estaba trabajando.
Después porque mis respuestas la hacían sentir exagerada.
Y finalmente porque había aprendido que callarse dolía menos que esperar una reacción cariñosa y recibir indiferencia.
—Cuando me encontraron el tumor, lo primero que pensé fue en llamarte —continuó—.
Después recordé todas las veces que me dijiste que estaba exagerando.
—Debiste decírmelo directamente.
En cuanto pronuncié esas palabras me arrepentí.
Valeria me observó con tristeza.
—Te dije que tenía miedo.
Te pedí 7 días. ¿Cuántas palabras más necesitabas para escucharme?
No encontré ninguna respuesta.
—Tienes razón —murmuré.
Ella tomó un poco de café.
—Yo sabía de Renata antes de que fueras a Roma.
Levanté la vista.
—¿Desde cuándo?
—Desde mi cumpleaños.
No tenía pruebas de todo, pero entendí lo que estaba pasando cuando vi mi vestido en otra mujer.
Sentí una punzada en el pecho.
—¿Entonces por qué querías que me quedara?
Valeria abrió su bolso.
Sacó un sobre color crema, muy parecido al que había encontrado debajo de nuestra fotografía de boda.
—Porque todavía quería intentar salvar nuestro matrimonio.
