Pagué el taxi de una joven embarazada a💖 la que varios conductores habían rechazado por ser pobre. “Es para visitar a mi mamá, se lo devolveré”, me prometió llorando. Le dije que no hacía falta y regresé a casa con mi perro. Pero al día siguiente la encontré limpiando la tumba de la única mujer que había amado… y cuando me dijo su edad, recordé la última mentira de mi padre.
—Hay algo más que debe saber, doctor. Algo que he cargado durante muchísimo tiempo.
Abrió el fondo de la caja.
Allí guardaba una fotografía de una niña pequeña, sentada sobre una cama de hospital, abrazando un osito de peluche.
Era Sofía.
Tenía aproximadamente tres años.
Detrás de la fotografía había una fecha escrita y una anotación.
«Entregada al doctor Arturo Mendoza después del fallecimiento de Elena».
Andrés miró a Rosa, desconcertado.
—¿Mi padre supo que Elena había muerto?
—Sí.
—¿Y sabía que Sofía había quedado huérfana?
Rosa comenzó a temblar.
—Vino a visitarnos después del funeral. Yo apenas tenía veintitrés años y acababa de hacerme cargo de Sofía. Me ofreció dinero para su educación.
—¿A cambio de qué?
—De que nunca buscáramos a usted.
Andrés se puso de pie bruscamente.
La silla golpeó contra la pared.
—¡Era su nieta! ¡Mi padre sabía que tenía una nieta de tres años y me lo ocultó!
—Me dijo que usted ya tenía otra vida. Que estaba por casarse con una mujer de buena familia y que aparecer con una niña solo provocaría problemas.
Andrés recordó entonces cómo sus padres habían insistido en que se casara con Patricia.
Alicia organizó cenas familiares, presentaciones y encuentros aparentemente casuales.
Patricia era hija de un empresario conocido, tenía estudios universitarios y pertenecía al círculo social que ellos consideraban apropiado.
Andrés nunca estuvo enamorado de ella como lo había estado de Elena.
Pero terminó aceptando aquel matrimonio porque creyó que el amor verdadero ya no existía para él.
De pronto, comprendió que su propia vida había sido organizada para mantenerlo lejos de la mujer que amaba.
—¿Por qué usted tampoco me buscó? —preguntó a Rosa, sin levantar la voz.
La mujer bajó la cabeza.
—Tuve miedo. Su padre tenía dinero, influencia y conocidos en todas partes. Me aseguró que, si intentaba involucrarlo, acabaríamos enfrentando abogados y perderíamos nuestra tranquilidad. Yo era muy joven, apenas tenía trabajo y Sofía solo me tenía a mí.
—Pero yo era su padre.
—Ahora lo entiendo. Entonces creí que usted conocía la existencia de Sofía y que simplemente no la quería.
Rosa se secó las lágrimas.
—Me equivoqué al guardar silencio. No pasa un solo día sin que me arrepienta.
Andrés quiso responder, pero Sofía intervino.
—Por favor, ya basta. Los dos están hablando de lo que debieron hacer hace veinticuatro años, pero yo estoy aquí.
Se llevó una mano al vientre.
—Y dentro de poco voy a tener un hijo. No quiero que él crezca rodeado de los mismos secretos.
Aquellas palabras lo hicieron reaccionar.
Andrés volvió a sentarse frente a ella.
—Tienes razón, Sofía.
La muchacha lo miró con los ojos enrojecidos.
—Necesito hacerle una pregunta.
—La que quieras.
—Si resulta que usted es mi papá, ¿va a quererme de verdad? ¿O solamente va a ayudarme porque se siente culpable por mi mamá?
Andrés sintió que aquella pregunta le dolía más que todas las cartas.
—No puedo pedirte que me quieras de inmediato —respondió—. Ni puedo recuperar los cumpleaños, las enfermedades o las noches en que necesitaste un padre y yo no estuve. Pero si me permites conocerte, quisiera pasar el resto de mi vida demostrando que no eres una obligación para mí.
Sofía empezó a llorar nuevamente.
—Toda mi vida imaginé cómo sería conocer a mi papá. Nunca pensé que tendría miedo cuando finalmente apareciera.
—Yo tampoco imaginé que sería padre de una mujer adulta.
Ambos sonrieron débilmente.
Andrés extendió los brazos.
—¿Puedo abrazarte?
Sofía dudó apenas un instante.
Después se acercó.
Y por primera vez en veinticuatro años, un padre abrazó a su hija.
No se conocían realmente.
No sabían cuáles eran sus comidas favoritas, sus costumbres o sus recuerdos.
Pero aquel abrazo tenía algo que ninguno de los dos había experimentado antes.
La sensación de haber encontrado una parte perdida de sí mismos.
Una semana después, Andrés y Sofía acudieron a un laboratorio independiente para realizar una prueba de paternidad.