Pagué el taxi de una joven embarazada a💖 la que varios conductores habían rechazado por ser pobre. “Es para visitar a mi mamá, se lo devolveré”, me prometió llorando. Le dije que no hacía falta y regresé a casa con mi perro. Pero al día siguiente la encontré limpiando la tumba de la única mujer que había amado… y cuando me dijo su edad, recordé la última mentira de mi padre.
No porque dudara de Elena, sino porque deseaba que Sofía tuviera una certeza que nadie pudiera arrebatarle.
Cuando llegaron los resultados, Andrés abrió el sobre frente a ella y Rosa.
La probabilidad de paternidad era superior al 99.99 %.
Andrés dejó el documento sobre la mesa.
—Eres mi hija.
Sofía comenzó a sonreír mientras las lágrimas recorrían sus mejillas.
—Entonces… ¿puedo decirte papá?
Andrés no consiguió responder.
Solo volvió a abrazarla.
Aquella tarde la invitó a conocer su departamento.
Cuando abrió la puerta, Rufi apareció corriendo, moviendo la cola con entusiasmo.
El perro reconoció inmediatamente a la joven que habían encontrado en la base de taxis.
Se acercó a ella, olfateó cuidadosamente su mano y se sentó a sus pies.
—Parece que se acuerda de mí —dijo Sofía.
—Claro que sí. Tiene mejor memoria que algunas personas.
Andrés le mostró las habitaciones.
Después abrió una puerta que había permanecido cerrada durante años.
Era un cuarto amplio, iluminado y con una ventana hacia el jardín.
—Me gustaría que vivieras aquí, si tú quieres.
Sofía miró la habitación.
—Papá, no quiero aprovecharme de ti.
Andrés sintió una emoción extraña al escuchar aquella palabra.
Papá.
—No estarías aprovechándote de nada. Esta casa tiene espacio de sobra y llevo demasiado tiempo comiendo solo.
Sofía acarició su vientre.
—Pero pronto seremos dos.
Andrés sonrió.
—Entonces mejor todavía. Rufi y yo necesitamos que alguien ponga un poco de desorden aquí.
Ella aceptó, aunque pidió conservar su independencia y seguir trabajando mientras su embarazo se lo permitiera.
Andrés estuvo de acuerdo.
No quería sustituir las decisiones de su hija por las suyas.
Sus propios padres ya le habían demostrado el daño que podía causar confundir el amor con el control.
Dos semanas después, Andrés visitó nuevamente el cementerio.
Esta vez fue solo.
Se arrodilló frente a la tumba de Elena y colocó las rosas blancas junto a los claveles que Sofía había llevado.
—La encontré, Elena —susurró—. Encontré a nuestra hija.
El viento movió suavemente las hojas de los árboles.
—Se parece muchísimo a ti. Tiene tus ojos, tu manera de hablar y hasta ese gesto que hacías cuando querías demostrar que eras más fuerte de lo que te sentías.
Andrés acarició la lápida.
—Perdóname por haber creído que me abandonaste. Debí buscarte durante más tiempo. Debí cuestionar lo que me dijeron.
Permaneció allí durante casi una hora.
Después se dirigió al lugar donde descansaban sus padres.
Frente a la tumba de Arturo y Alicia, sacó las copias de aquellas cartas.
—Ustedes decían que Elena no era digna de nuestra familia porque había crecido rodeada de personas que bebían y la maltrataban.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Pero ella trabajó, estudió, sacó adelante a nuestra hija y nunca intentó destruir a nadie.
Miró los nombres grabados en la piedra.
—Ustedes tenían prestigio, estudios y dinero. Y aun así fueron capaces de separar a una niña de su padre.
Andrés permaneció en silencio.
—No sé si algún día podré perdonarlos. Los quise porque fueron mis padres, pero eso no significa que lo que hicieron estuviera bien.
Dejó las cartas dentro de su saco.
—Mi hija está esperando un bebé. Y les prometo que ese niño nunca tendrá que ganarse el cariño de su familia demostrando que nació en las circunstancias correctas.