Pagué el taxi de una joven embarazada a💖 la que varios conductores habían rechazado por ser pobre. “Es para visitar a mi mamá, se lo devolveré”, me prometió llorando. Le dije que no hacía falta y regresé a casa con mi perro. Pero al día siguiente la encontré limpiando la tumba de la única mujer que había amado… y cuando me dijo su edad, recordé la última mentira de mi padre.
—Nunca lo conocí. Mi mamá murió cuando yo tenía tres años. Mi tía Rosa me crió.
Andrés tuvo que apoyarse en una banca.
Veinticuatro años.
Elena había desaparecido de su vida veinticinco años atrás.
Las fechas coincidían.
Y aquel parecido que había observado la noche anterior ya no parecía una casualidad.
—Sofía, necesito contarte algo.
Se sentaron en una cafetería cercana al cementerio.
Andrés le habló de su juventud, de cómo conoció a Elena cuando ambos estudiaban, de sus planes de boda y de la oposición de sus padres.
—Mi familia tenía dinero —explicó—. Mi padre era médico y mi madre creía que nuestro apellido debía mantenerse lejos de las familias humildes.
Elena trabajaba en una papelería mientras estudiaba enfermería. Había salido de su casa a los dieciséis años porque su padrastro bebía demasiado y su madre nunca la defendía.
Los padres de Andrés utilizaron aquellos antecedentes para despreciarla.
—Decían que una mujer criada entre alcohólicos terminaría siendo igual —recordó, avergonzado—. Yo discutí con ellos y me fui a vivir con Elena.
Durante una semana habían sido felices.
Pero entonces Alicia sufrió una crisis cardíaca y fue hospitalizada.
Andrés regresó para acompañarla.
Cuando quiso buscar nuevamente a Elena, ella ya no vivía en el cuarto que rentaba.
La dueña le aseguró que un hombre mayor, elegante y adinerado, había ido por ella.
—Creí que había elegido a alguien que podía ofrecerle una vida mejor —confesó Andrés—. La busqué durante meses, pero nunca la encontré.
Sofía comenzó a llorar silenciosamente.
—Mi tía siempre decía que mi mamá nunca dejó de querer al hombre con el que pensaba casarse. Que alguien los había separado.
Andrés le tomó la mano.
—Creo que ese hombre era yo.
Sofía retiró lentamente la mano, abrumada.
—¿Está diciendo que podría ser mi papá?
—Sí. Pero no quiero que tengas que creerme solo por lo que digo. Podemos comprobarlo.
La muchacha lo observó durante varios segundos.
—Mi mamá guardaba algunas cartas. Mi tía las tiene todavía.
Aquella misma tarde fueron a visitar a Rosa.
Vivía en una casa pequeña, detrás de una panadería donde Sofía trabajaba desde hacía varios años.
Cuando Rosa abrió la puerta y vio a Andrés, se llevó ambas manos a la boca.
—Dios mío… Usted es Andrés Mendoza.
Él se quedó inmóvil.
—¿Me conoce?
—Elena tenía una fotografía suya. La miraba cuando pensaba que nadie la veía.
Rosa los invitó a pasar.
Al escuchar lo ocurrido en el cementerio, comenzó a llorar.
—Mi hermana murió creyendo que usted la había abandonado. Y usted vivió pensando exactamente lo mismo de ella.
Sacó una caja metálica del fondo de un armario.
Dentro había fotografías, recibos de renta y varios sobres amarillentos.
—Durante años guardé esto porque Elena me pidió que nunca lo tirara.
Andrés reconoció inmediatamente la letra de su antiguo amor.
Pero entonces Rosa sacó otro documento.
Era un recibo fechado veinticuatro años atrás.
El nombre del responsable aparecía claramente escrito.
Doctor Arturo Mendoza.
Su propio padre.
—Ese hombre vino a ver a Elena cuando tenía tres meses de embarazo —dijo Rosa con voz temblorosa—. Sabía perfectamente que usted iba a tener una hija.
Andrés sintió que todo comenzaba a derrumbarse.
—Eso es imposible. Mi padre me dijo antes de morir que nunca había sabido de ningún embarazo.
Rosa abrió el último sobre.
—Entonces también le mintió en su lecho de muerte. Porque aquí tengo la prueba de lo que hizo para impedir que usted conociera a su hija.
Y cuando Andrés vio el contenido, comprendió que la desaparición de Elena no había sido solamente una separación cruel.
Había sido un engaño cuidadosamente organizado por las dos personas en quienes más confiaba.