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—Tengo ochenta pesos —suplicaba ella—. Sé que no alcanza, pero necesito llegar. Puedo completarles el resto después.
—¡Con eso no pago ni la gasolina! —se burló uno.
Otro miró su vientre.
—Con esa barriga deberías estar buscando al hombre que te embarazó, no molestándonos.
La muchacha bajó la cabeza, avergonzada. Sostenía un pequeño ramo de claveles blancos envuelto en papel.
Andrés se acercó.
—¿Cuánto cuesta el viaje?
—Doscientos veinte pesos —respondió el conductor.
Andrés pagó la diferencia.
—No necesita devolverme nada —le dijo a la joven.
—Señor, de verdad, se lo voy a pagar. Hoy es el cumpleaños de mi mamá y no podía dejar de visitarla.
Andrés miró las flores.
—Entonces llévele esos claveles. Seguramente se pondrá muy contenta.
La muchacha sonrió entre lágrimas antes de subir al taxi.
Esa misma noche, cuando Andrés llegó a casa, recibió una llamada del investigador.
—Doctor Mendoza, encontré a Elena Castillo. Pero tengo una noticia terrible.
Andrés dejó de respirar por un instante.
—Dígame dónde está.
—Elena falleció hace veintiún años. Está enterrada en el panteón de San Rafael.
Andrés sintió que las piernas le fallaban.
Porque aquel era exactamente el lugar al que la joven embarazada había pedido que la llevaran.
Y cuando recordó que ese día era el cumpleaños de Elena, comprendió que aquella coincidencia podía esconder algo mucho más grande de lo que imaginaba.
PARTE 2
Andrés no pudo dormir aquella noche.
Se sentó en la sala con Rufi acostado a sus pies, mirando una fotografía antigua que conservaba dentro de un libro.
En ella aparecía Elena, a los veintidós años, sonriendo mientras lo abrazaba.
Tenía el cabello castaño, los ojos grises y una pequeña marca junto a la ceja izquierda.
Andrés cerró los ojos.
La joven de los taxis tenía esos mismos ojos.
A la mañana siguiente compró un ramo de rosas blancas y fue al panteón de San Rafael.
Encontró la tumba detrás de una capilla, en una sección antigua.
La lápida estaba limpia y rodeada de plantas.
ELENA CASTILLO GARCÍA.
Debajo aparecían las fechas de nacimiento y fallecimiento.
Andrés pasó los dedos por el nombre.
—Perdóname, Elena. Llegué demasiado tarde.
—¿Usted la conocía?
La voz lo hizo voltear.
Era la muchacha embarazada del día anterior.
Estaba acomodando unas flores junto a la tumba.
Ambos se quedaron mirándose, sorprendidos.
—¿Qué hace aquí? —preguntó ella.
—Vine a visitar a alguien que quise muchísimo. ¿Y tú?
La joven miró la lápida.
—Es mi mamá. Ayer habría cumplido cuarenta y siete años. Siempre vengo por su cumpleaños, pero se me hizo tarde y tuve que regresar hoy para limpiar.
Andrés sintió un estremecimiento.
—¿Cómo te llamas?
—Sofía Castillo. Tengo veinticuatro años.
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