PARTE 3
Teresa la miró con incredulidad.
—Me dijiste que no volvería a ver a Sofía.
—Mamá, era una forma de hablar.
—No. Fue muy claro.
Óscar golpeó suavemente la mesa con los dedos.
—A ver, estamos mezclando emociones con números. Nosotros necesitamos un vehículo. Teresa tiene dinero que no necesita urgentemente. Elena quiere comprar una casa que terminará heredando Mariana. Lo lógico es organizar las cosas desde ahora.
—¿Y quién decidió que Mariana heredará mis cosas? —preguntó Elena.
—¿Quién más? —respondió él—. Usted no tiene hijos.
Aquella frase hizo que algo cambiara en el rostro de Elena.
Durante toda su vida había escuchado versiones parecidas.
Como nunca se casó y no tuvo hijos, algunos familiares hablaban de sus bienes como si estuvieran abandonados, esperando dueño.
Nadie mencionaba las décadas que pasó trabajando como investigadora en una universidad pública. Nadie recordaba las noches en laboratorios, los congresos, las asesorías que tomó después de jubilarse para complementar sus ingresos.
Solo veían una mujer mayor y sola.
Y, por lo tanto, disponible.
—Qué curioso —dijo Elena—. Mientras fui útil para pagar cursos, uniformes, computadoras y hasta parte de la boda de Mariana, nunca fui “una mujer sola”. Era la tía Elena.
Mariana abrió la boca.
—Yo jamás te pedí…
—Claro que pedías.
La voz de Elena no fue fuerte.
Eso la hizo más incómoda.
—Cuando tenías 18 años querías estudiar un semestre en Guadalajara. Tu papá no podía pagarlo. Yo lo hice. Cuando te casaste y faltaban $70,000 para el salón, yo los puse. Cuando nació Sofía y necesitaban completar para los gastos del hospital, también ayudé.
—Y te lo agradecí.
—Me dijiste “gracias” y 2 días después me pediste dinero para una carriola importada.
Teresa cerró los ojos.
Recordaba perfectamente aquella época.
Siempre habían justificado a Mariana.
Era joven.
Estaba empezando.
Tenía una niña.
Su esposo todavía no ganaba suficiente.
Después, cuando Óscar comenzó a ganar mejor, las peticiones no desaparecieron.
Solo se hicieron más grandes.
Primero fue dinero para arreglar la cocina.
Después unas vacaciones que, según Mariana, “Sofía merecía”.
Más tarde un préstamo para cambiar de coche.
Elena nunca se había negado con dureza.
Hasta ese día.
Óscar empujó los documentos hacia ella.
—Todo eso es pasado. Estamos hablando del presente.
—Perfecto.
Elena tomó las hojas.
Las revisó lentamente.
—¿Quién preparó esto?
—Un conocido.
—¿Abogado?
—Trabaja con temas inmobiliarios.
—No pregunté eso. Pregunté si es abogado.
Óscar se tensó.
—No importa.
—A mí sí.
Elena comenzó a leer.
Mariana intentó arrebatarle los papeles.
—Tía, no necesitas analizar cada palabra. Es un borrador.
Elena apartó la mano.
—Aquí dice que yo donaría irrevocablemente la propiedad a Mariana y conservaría únicamente un derecho de uso mientras ella lo autorice.
Teresa levantó la cabeza.
—¿Mientras ella lo autorice?
Mariana palideció.
—Seguro está mal redactado.
—También dice que todos los gastos, impuestos, mantenimiento y reparaciones seguirían siendo responsabilidad de la donante durante los primeros 5 años.
Elena miró a Óscar.
—Qué generoso.
—Son tecnicismos.
—No. Son trampas.
Óscar se levantó.
—Ya estuvo bueno. Nadie está intentando robarle.
—Entonces rompo los papeles y no pasa nada.
Elena rasgó las hojas por la mitad.
Mariana dio un grito.
—¡¿Qué haces?!
Elena volvió a romperlas.
—Comprobando tu teoría.
—¡Eres una egoísta!
La palabra cayó sobre Teresa como una bofetada.
Mariana señaló a su tía.
—Toda la vida diciendo que me querías como una hija. Pero ahora que realmente necesito algo, resulta que una casa vale más que yo.
—No confundas amor con obediencia.
—¡No te cuesta nada!
Elena soltó una risa incrédula.
—¿No me cuesta nada? Son los ahorros de 40 años.
—Pero tarde o temprano vas a morir.
El silencio fue inmediato.
Incluso Óscar volvió el rostro hacia su esposa.
Mariana pareció darse cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.
—No quise…
Elena permaneció inmóvil.
Teresa comenzó a llorar.
—Mariana…
—¡No lo dije así!
—Lo acabamos de escuchar todos.
La voz de Teresa salió quebrada.
Mariana caminó hacia ella.
—Mamá, estás dejando que ella te ponga en mi contra.
Teresa retrocedió.
Por primera vez en muchos años, aquel movimiento fue instintivo.
No quería que su hija la abrazara.
No quería escuchar otra explicación.
—¿Desde cuándo piensas así?
—¿Así cómo?
—Como si las cosas de los demás ya te pertenecieran.
Mariana frunció el ceño.
—Soy tu hija.
—Sí.
—Entonces algún día tu departamento también será mío.
Óscar bajó la mirada.
Teresa sintió un escalofrío.
Elena había predicho exactamente aquello.
Hoy eran sus ahorros.
Después la casa de campo.
Mañana su departamento.
—¿También has pensado en eso? —preguntó Teresa.
—Mamá, todo el mundo organiza sus herencias.
—Tengo 67 años.
—Precisamente por eso hay que prevenir.
Teresa la miró durante varios segundos.
De repente recordó todas las veces que había aceptado cosas por miedo.
Las Navidades en las que cambió sus planes porque Mariana amenazaba con no ir.
Los cumpleaños de Sofía para los que tuvo que pagar casi todo si quería ser invitada.
Las discusiones en las que terminaba disculpándose aunque no hubiera hecho nada.
El miedo se había convertido en la verdadera autoridad de aquella familia.
No Óscar.
No Mariana.
El miedo.
—¿Cuánto cuesta la camioneta? —preguntó Teresa.
La expresión de Mariana cambió inmediatamente.
