PARTE 1
—Antes de que te lleves a Diego, voy a decirle al DIF que eres una alcohólica y que abandonaste a tu hijo.
Mariana se quedó inmóvil frente a la pequeña casa de interés social en Ecatepec. Había viajado toda la noche desde Querétaro con una maleta, documentos y 2 boletos de autobús. Hacía 18 meses que no abrazaba a su hijo de 5 años.
Doña Teresa, su suegra, bloqueaba la entrada.
—Aquí no vas a entrar. Diego está dormido y no se va con una madre que desaparece año y medio.
—No desaparecí. Me fui a trabajar porque Luis dejó de pagar los créditos y las deudas nos estaban ahogando.
—Mi hijo se fue hasta Chihuahua a partirse el lomo en una obra, mientras tú te dabas la gran vida.
Durante meses Mariana había dormido en un cuarto compartido, trabajado turnos dobles en un centro de distribución y ahorrado cada peso para pagar las deudas, rentar un departamento y llevarse a Diego.
—Ya tengo casa, trabajo fijo y una escuela cerca. Vine por mi hijo.
Teresa soltó una risa amarga.
—Cuando tuvo fiebre, yo estaba aquí. Cuando lloraba por ti, yo estaba aquí. Cuando no alcanzaba para el gas, yo estaba aquí.
—Y yo mandaba dinero.
Teresa frunció el ceño.
—¿Qué dinero?
—El que depositaba los días 5 y 20. La mitad de mi sueldo. Luis decía que se lo entregaba a usted para Diego.
Teresa palideció.
—A mí no me ha dado un peso.
Mariana dejó la maleta en el piso.
—Entonces tenemos un problema peor de lo que pensé.
—No inventes cosas para ponerme contra mi hijo.
—Luis no está en Chihuahua.
Sacó el teléfono y mostró una fotografía recibida 7 días antes: Luis, bronceado, abrazando a una mujer frente a un autolavado en Puerto Vallarta.
—Lleva 8 meses viviendo con ella.
—Eso puede estar trucado.
Mariana abrió el último mensaje de Luis: “Préstame 10,000. A Karla se le descompuso el coche y necesito sacarla del apuro.”
Teresa tembló, pero alzó la barbilla.
—Aunque fuera cierto, tú lo abandonaste.
Mariana entendió que aquella mujer no defendía a Diego. Defendía la mentira que daba sentido a todos sus sacrificios.
Entonces Teresa cerró la puerta de golpe y gritó desde adentro:
—¡Si intentas llevártelo, haré que te lo quiten para siempre!
Mariana se quedó frente a la puerta cerrada sin saber que, dentro de esa casa, había una mentira todavía peor.
