PARTE 4
—Mamá…
—¿Cuánto?
Óscar respondió la cantidad.
Teresa asintió lentamente.
—¿Y ya dieron un anticipo?
—Sí.
—¿De cuánto?
Él respondió.
—¿Y si yo no pongo mi dinero lo pierden?
—Probablemente.
Teresa respiró hondo.
—Entonces lo perderán.
Mariana se quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
—Mis ahorros no son para su camioneta.
—¡Pero habías dicho que lo pensarías!
—Lo pensé.
—¿Y Sofía?
Teresa tembló.
Ahí estaba.
El golpe final.
Mariana sabía exactamente dónde apuntar.
—No metas a mi nieta.
—Si nosotros no tenemos coche, se complica traerla.
—Puedo ir a verla.
—No si yo no quiero.
Teresa sintió que las piernas se le debilitaban.
Elena hizo ademán de intervenir, pero Teresa levantó la mano.
Esta vez quería responder sola.
—¿De verdad harías eso?
Mariana no contestó.
—Mírame.
Su hija apretó la mandíbula.
—Las acciones tienen consecuencias.
Teresa asintió.
Una lágrima le corrió por la mejilla.
—Tienes razón.
Mariana pareció creer que había ganado.
Hasta que Teresa caminó hacia la puerta y la abrió.
—Fuera.
—¿Qué?
—Tú y Óscar. Fuera de mi casa.
—Mamá, estás alterada.
—Estoy avergonzada. Que es diferente.
Óscar tomó sus llaves.
—Vámonos, Mariana. Cuando se calme nos llamará.
Teresa lo miró.
—No.
Él se detuvo.
—¿No qué?
—No voy a llamarlos para pedir perdón.
Mariana comenzó a llorar de rabia.
—Después no digas que no te advertí. Si cruzo esa puerta, no vuelves a ver a Sofía.
Aquella amenaza era exactamente la razón por la que Teresa había cedido durante años.
Y funcionó una última vez.
Le destrozó el corazón.
Pero no cambió su decisión.
—Nunca utilizaría a una niña para castigarte —respondió Teresa—. Si tú puedes hacerlo conmigo, tendrás que vivir sabiendo qué clase de madre elegiste ser.
Mariana salió.
Óscar fue detrás de ella.
La puerta se cerró.
Teresa logró mantenerse de pie apenas unos segundos.
Después se derrumbó sobre una silla.
—Mi niña…
Elena la abrazó.
—Lo sé.
—No voy a ver a Sofía.
—Quizá durante un tiempo no.
—¿Y si pasan años?
Elena no quiso mentirle.
—Puede pasar.
Teresa lloró contra el hombro de su hermana durante mucho tiempo.
Aquella noche no hubo sensación de victoria.
Poner límites no había sido liberador.
Había sido doloroso.
Porque en la vida real, defenderse de alguien a quien amas no siempre produce alivio inmediato.
A veces produce duelo.
Durante las semanas siguientes, Mariana cumplió su amenaza.
Bloqueó a Teresa.
No respondió mensajes.
No permitió videollamadas con Sofía.
Cuando Teresa llevó un regalo por el cumpleaños de la niña, el vigilante del fraccionamiento recibió instrucciones de no dejarla entrar.
Regresó a casa con la bolsa de regalo sobre las piernas y lloró todo el trayecto.
Varias veces estuvo a punto de transferir el dinero.
Varias veces abrió la aplicación bancaria.
Pero recordaba los documentos sobre la mesa.
Recordaba aquella frase.
“Tarde o temprano vas a morir”.
Y cerraba la aplicación.
2 meses después, Teresa y Elena viajaron nuevamente a Tequisquiapan.
La casa que Elena había encontrado ya se había vendido.
Sin embargo, apareció otra.
Era más pequeña.
Tenía muros blancos, una terraza sencilla y un enorme árbol de jacaranda junto a la entrada.
Teresa caminó por el jardín.
—Aquí cabría mi mesa de bordado.
—Y ahí pondré mi escritorio —respondió Elena.
—¿La compramos?
Elena sonrió.
—A medias.
Teresa la miró sorprendida.
—Pero pensé que tú…
—Nunca quise una casa sin ti.
Firmaron las escrituras juntas.
Ninguna hizo donaciones.
Ninguna adelantó herencias.
Las 2 quedaron registradas como propietarias.
Los primeros fines de semana resultaron extraños.
Teresa miraba constantemente el teléfono.
Esperaba un mensaje de Mariana.
No llegó.
Pero empezaron a aparecer otras cosas.
Vecinos.
Café por las mañanas.
Tardes arreglando macetas.
Conversaciones que no terminaban en chantajes.
Elena instaló un librero enorme.
Teresa sembró bugambilias.
Un domingo, mientras acomodaban platos en la terraza, Teresa encontró entre unas cajas un viejo álbum.
Había una fotografía de Mariana a los 10 años, abrazada a Elena.
En la parte trasera, con letra infantil, decía:
“Mi tía Elena es mi segunda mamá”.
Teresa comenzó a llorar.
—¿Crees que algún día entienda?
Elena observó la fotografía.
—No lo sé.
—La extraño.
—Puedes extrañar a una persona y aun así negarte a dejar que te lastime.
Teresa guardó la fotografía.
Pasaron 8 meses.
Una tarde recibió una llamada desde un número desconocido.
Era Mariana.
Teresa sintió que el corazón se le detenía.
—¿Bueno?
Hubo silencio.
Después escuchó una voz pequeña.
—Abuela.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—Sofía.
—Mamá salió. Encontré tu número en el teléfono viejo de papá.
Teresa comenzó a llorar.
No preguntó por la camioneta.
No preguntó por el dinero.
No habló mal de Mariana.
Solo escuchó a su nieta contarle sobre la escuela, una exposición y una gatita que quería adoptar.
Hablaron 11 minutos.
Antes de colgar, Sofía preguntó:
—Abuela, ¿todavía me quieres?
Teresa cerró los ojos.
—Nunca dejé de quererte.
Cuando terminó la llamada, Elena la encontró llorando en la cocina.
—¿Qué pasó?
Teresa sonrió entre lágrimas.
—Era Sofía.
Aquella noche comprendió algo que le habría gustado entender muchos años antes.
Amar a una hija no significaba entregarle cada peso, cada propiedad, cada sueño y cada límite por miedo a perderla.
Y ser abuela tampoco significaba aceptar que una nieta fuera utilizada como moneda de cambio.
Mariana todavía no había pedido perdón.
Tal vez algún día lo haría.
Tal vez no.
Teresa ya no construía su vida alrededor de esa posibilidad.
Cada viernes cerraba su departamento, tomaba un autobús junto a Elena y viajaban hasta aquella casa blanca bajo la jacaranda.
A veces pasaban horas en silencio.
Otras veces discutían por quién había olvidado regar las plantas.
Pero cada vez que Teresa abría la puerta del jardín recordaba el día en que estuvo a punto de entregar todos sus ahorros para comprar el cariño de su propia hija.
Y entonces entendía que aquella casa no representaba dinero.
Representaba algo que había tardado 67 años en aprender.
La familia puede ayudarse.
Puede sacrificarse.
Puede compartir.
Pero desde el momento en que alguien exige amor a cambio de dinero, propiedades o miedo, ya no está pidiendo apoyo.
Está intentando comprar poder.
Y Teresa había pagado ese precio durante demasiado tiempo.
Nunca volvió a hacerlo.
