ntht/ Escuché a mi padrastro decir por teléfono: “Ya transferí el dinero, ella todavía no sabe nada”, y pensé que acababa de confirmar la peor traición contra mi madre. Preparé una cámara para grabarlo y estaba lista para romper nuestra familia con aquella prueba.

PARTE 3

Camila abrió los ojos.

Aquello era cierto.

Aunque había guardado su viejo violín, meses atrás una compañera de la universidad le había prestado uno para participar en un evento cultural.

Había tocado solamente tres piezas.

Y alguien lo había grabado.

Alejandro lo había encontrado.

—Se lo envié a usted —dijo— porque necesitaba saber si todavía tenía posibilidades.

El profesor asintió.

—Y se lo dije desde el primer día: sí.

—Por eso seguí.

Alejandro respiró hondo.

—Solo necesito que ella crea que ganó esta oportunidad sola. Porque, en realidad, la ganó. Yo únicamente estoy pagando una puerta. Ella tendrá que abrirla.

La llamada terminó.

Camila permaneció inmóvil.

Había instalado aquella cámara para destruir el matrimonio de su madre.

Imaginaba descubrir a una amante.

Planeaba mostrarle el video a Lucía, arrojar el recibo sobre la mesa y decir:

“Te lo advertí.”

Durante semanas había fantaseado con el momento en que Alejandro quedaría desenmascarado.

Ahora era ella quien no soportaba mirarse a sí misma.

Pero todavía faltaban algunos minutos de grabación.

Alejandro siguió sentado frente al escritorio.

Abrió la caja del dije otra vez.

Lo observó.

Y entonces ocurrió algo que terminó de romperla.

Aquel hombre de cincuenta años, al que Camila siempre había considerado frío, apoyó los brazos sobre el escritorio y escondió el rostro entre las manos.

Sus hombros comenzaron a temblar.

—Ojalá no sea demasiado tarde, hija —susurró.

Hija.

No “Camila”.

No “la hija de Lucía”.

Hija.

—Ojalá vuelvas a tocar.

Camila cerró la computadora de golpe.

Durante varios segundos no pudo moverse.

Después lloró.

Lloró con una intensidad que no recordaba desde que su padre biológico se marchó.

Y lo peor no era descubrir que se había equivocado.

Era comprender que había sido cruel con alguien que jamás respondió a su crueldad.

Alejandro nunca le había exigido llamarlo papá.

Nunca había intentado reemplazar a Héctor.

Nunca le había recordado que pagaba la universidad.

Nunca le había reprochado sus desplantes.

Cuando Camila no le compraba regalo de cumpleaños, él decía:

—No gastes. Ahorra para ti.

Cuando ella llegaba tarde, encontraba la luz de la entrada encendida.

Cuando enfermó de influenza, Alejandro durmió dos noches en un sillón cerca de su cuarto porque Lucía trabajaba y él quería escuchar si necesitaba algo.

Camila siempre había interpretado aquellos gestos como obligación.

Ahora comprendía algo incómodo:

Había estado tan ocupada buscando pruebas de que Alejandro era malo que nunca había aceptado ninguna prueba de que podía quererla.

Escuchó la cerradura de la puerta principal.

Se levantó sobresaltada.

Alejandro había regresado.

Camila salió de su habitación.

Él entró cargando un tubo de planos y una mochila. Tenía la camisa arrugada y el cabello desordenado.

Al verla llorando, dejó todo inmediatamente.

—¿Qué pasó?

Camila intentó hablar.

No pudo.

Alejandro dio un paso hacia ella.

—¿Tu mamá está bien?

Aquello terminó de derrumbarla.

Incluso en ese momento, su primera preocupación había sido Lucía.

Camila caminó hacia él.

Alejandro pareció prepararse para recibir una acusación.

Pero ella lo abrazó.

Con fuerza.

Él quedó completamente rígido.

Durante tres años Camila había evitado hasta los besos de saludo.

—Camila…

Ella enterró el rostro contra su pecho.

—Perdóname.

—¿Qué?

—Perdóname, por favor.

Alejandro levantó las manos, confundido.

—¿Qué hiciste?

Camila lloró todavía más.

—Instalé una cámara en tu despacho.

El silencio fue brutal.

Alejandro bajó lentamente los brazos.

—¿Una cámara?

—Pensé que tenías una amante.

Él abrió los ojos.

—¿Qué?

—Encontré el recibo. Escuché las llamadas. Llegabas tarde. Escondías el teléfono. Yo pensé…

Camila no pudo terminar.

Alejandro miró hacia su despacho.

Luego volvió a mirarla.

Y entendió.

—Viste la llamada.

Ella asintió.

Él cerró los ojos.

No parecía enojado.

Parecía derrotado.

—No debías enterarte así.

—¿Por qué?

—Porque quería que el día que recibieras la carta fuera tuyo.

—¡Vendiste parte de tu empresa!

—Del despacho.

—¡Es lo mismo!

—No exactamente.

—¡Y pediste un préstamo!

Alejandro intentó bromear.

—Eso sí estuvo bastante tonto.

Camila lo golpeó suavemente en el pecho mientras lloraba.