ntht/ Escuché a mi padrastro decir por teléfono: “Ya transferí el dinero, ella todavía no sabe nada”, y pensé que acababa de confirmar la peor traición contra mi madre. Preparé una cámara para grabarlo y estaba lista para romper nuestra familia con aquella prueba.

PARTE 2

Camila acercó la silla hasta casi pegarse a la pantalla.

Alejandro se veía agotado. Tenía ojeras profundas y llevaba la misma camisa que había usado el viernes.

—Profesor Weiss, sé que esto no es un procedimiento normal —dijo—, pero necesito que el documento parezca una beca oficial.

Camila frunció el ceño.

¿Beca?

El hombre suspiró.

—Alejandro, usted ya transfirió una cantidad enorme. Vendió parte de su despacho y además solicitó un crédito. Estamos hablando de cuatro años de colegiatura, alojamiento y gastos básicos en Viena. ¿Por qué insiste en ocultárselo?

Camila sintió un zumbido en los oídos.

Viena.

El nombre de la ciudad que había escrito cientos de veces en cuadernos cuando tenía quince años.

Su sueño.

Alejandro se frotó la cara.

—Porque no aceptaría el dinero si supiera que viene de mí.

—Los videos que nos envió muestran un talento excepcional —continuó el profesor—. Si recupera disciplina y supera la audición presencial, tendrá un lugar. Pero usted está comprometiendo prácticamente todo su patrimonio.

Camila se llevó una mano a la boca.

Alejandro había vendido el treinta y cinco por ciento de su despacho.

Había pedido un préstamo.

Había trabajado noches enteras.

Por ella.

El mismo hombre al que llevaba tres años llamando, a sus espaldas, “el enterrador de mis sueños”.

Pero el video continuó.

Después de terminar la llamada, Alejandro abrió el cajón inferior de su escritorio.

Sacó una pequeña caja de terciopelo.

Camila reconoció inmediatamente el logotipo de la joyería.

Alejandro levantó la tapa.

Dentro había un diminuto violín de oro blanco cubierto de pequeños diamantes.

No era un regalo para una amante.

Era para ella.

Alejandro sostuvo el dije varios segundos.

Después bajó la cabeza.

Camila jamás lo había visto llorar.

—Por favor, que todavía quiera tocar —murmuró él—. Todo esto no servirá de nada si conseguí el dinero demasiado tarde.

Camila sintió que las lágrimas le caían sin control.

Pero todavía faltaba algo.

En la grabación, el profesor Weiss volvió a hablar antes de terminar la llamada.

—Hay algo que sigo sin comprender, Alejandro. Si usted siempre quiso que Camila estudiara música… ¿por qué fue precisamente usted quien le dijo que abandonara ese sueño? ¿Por qué permitió que esa muchacha lo odiara durante tres años?

Alejandro quedó inmóvil.

Miró hacia la ventana durante varios segundos.

Después respiró profundamente.

—Porque cuando conocí a su madre…

Camila aumentó el volumen con las manos temblando.

Y cuando escuchó las siguientes palabras, comprendió que el secreto no había comenzado tres meses atrás.

Había empezado el día en que Alejandro entró por primera vez en sus vidas.

PARTE 3

—Cuando conocí a Lucía —continuó Alejandro en la grabación—, ella estaba a punto de perder el departamento.

Camila sintió un golpe en el pecho.

El profesor guardó silencio mientras Alejandro hablaba.

—Héctor, el padre de Camila, no solamente las abandonó. Usó el nombre de Lucía para pedir dinero. Había créditos, intereses, cuentas atrasadas. Cuando desapareció, dejó todo sobre ella.

Camila sabía que su padre había dejado deudas.

Lo que jamás había sabido era cuánto.

—Lucía debía casi ochocientos mil pesos —continuó Alejandro—. Había meses en que pagaba una tarjeta con otra. Vendió joyas de su madre. Vendió el coche. Incluso pidió prestado para pagar las clases de violín de Camila porque no quería que su hija supiera lo mal que estaban.

Camila apretó los labios.

Recordó a su madre diciéndole durante años:

“Come tú, yo ya cené.”

“Ese vestido todavía me sirve.”

“No necesito zapatos nuevos.”

Ella había creído que era simplemente la forma de ser de Lucía.

Ahora entendía.

Alejandro siguió hablando.

—Cuando Camila empezó a preguntar por conservatorios en Europa, Lucía tuvo una crisis de ansiedad. Terminó en urgencias. El médico dijo que el estrés estaba afectando su corazón. Esa misma semana llegó otra demanda de cobranza.

Camila cerró los ojos.

Recordaba aquella hospitalización.

Su madre le había dicho que había sido “una baja de presión”.

—Yo acababa de asociarme formalmente en mi despacho —explicó Alejandro—. Podía ayudar con algunas deudas, pero no tenía dinero para mandar a una adolescente a Europa. Y Camila estaba decidida a hacerlo inmediatamente.

El profesor preguntó:

—¿Y por eso le dijo que la música no servía?

Alejandro tardó en responder.

—Camila tiene el mismo defecto que su madre: orgullo. Si hubiera sabido que no había dinero, habría intentado resolverlo sola. Habría trabajado donde fuera, abandonado estudios, aceptado cualquier empleo. Y sus manos… sus manos eran su futuro. Yo no quería verla cargando cajas doce horas al día para pagar una deuda que ni siquiera era suya.

Se produjo un silencio.

—Entonces preferí que me culpara.

Camila sintió que algo dentro de ella se rompía.

—Le dije que estudiara una carrera mientras estabilizábamos la casa. Fui duro a propósito. Lucía me pidió que no lo hiciera así, pero yo pensé que sería temporal. Pensé: “Un año. Tal vez dos”. Me dije que si Camila estaba enojada conmigo, por lo menos no se sentiría culpable por su madre.

Alejandro soltó una risa triste.

—Lo que no calculé fue cuánto podía durar el odio de una hija.

Camila dejó caer la frente entre las manos.

Recordó cada discusión.

“¡Tú no eres mi padre!”

“¡No tienes derecho a decidir mi vida!”

“Mi mamá estaba mejor antes de conocerte.”

Recordó una Navidad en la que Alejandro le compró un abrigo y ella lo dejó cerrado durante dos meses porque no quería “deberle nada”.

Recordó cuando él intentó preguntarle si todavía tocaba y ella respondió:

—¿Para qué? Tú ya conseguiste lo que querías.

Alejandro no había contestado.

Simplemente había asentido y salido de la habitación.

Ahora Camila comprendía aquel silencio.

No había sido indiferencia.

Había sido culpa.

En la grabación, Alejandro continuó:

—Los primeros dos años fueron para sacar a Lucía de las deudas. Después empecé a guardar para Camila. Tomé proyectos que normalmente habría rechazado. Remodelaciones de madrugada, supervisiones los fines de semana, obras fuera de Guadalajara.

—¿Su esposa sabe cuánto ha invertido? —preguntó el profesor.

—No.

Camila levantó la cabeza.

Tampoco su madre lo sabía.

—Lucía cree que estamos ahorrando para ampliar el despacho. Si se entera de que vendí parte de mis acciones, me va a matar.

El profesor sonrió.

—Tal vez tenga razón.

Alejandro también sonrió por primera vez.

—Seguramente.

Después su expresión cambió.

—Pero yo puedo volver a ganar dinero. Lo que no puedo hacer es devolverle a Camila los años que perdió pensando que nadie creía en ella.

Las lágrimas de Camila cayeron sobre el teclado.

—Yo conservé las grabaciones de sus concursos —añadió Alejandro—. El año pasado encontré también un video que subió una amiga suya de una presentación universitaria. Camila pensó que nadie sabía que había vuelto a tocar algunas veces.