ntht/ Escuché a mi padrastro decir por teléfono: “Ya transferí el dinero, ella todavía no sabe nada”, y pensé que acababa de confirmar la peor traición contra mi madre. Preparé una cámara para grabarlo y estaba lista para romper nuestra familia con aquella prueba.

PARTE 1

—Ese hombre tiene otra mujer, mamá. Y esta vez voy a demostrarlo.

Lucía dejó la cuchara sobre la mesa y miró a su hija como si acabara de escuchar una locura.

—Camila, basta. Alejandro no te ha hecho nada.

—A ti quizá no. A mí me arruinó la vida.

Camila tenía diecinueve años y llevaba casi tres repitiendo la misma frase.

Antes de que Alejandro llegara a sus vidas, ella y su madre habían sobrevivido solas en Guadalajara. Su padre biológico, Héctor, desapareció cuando Camila tenía doce años, dejando deudas, llamadas de cobranza y una madre que aprendió a estirar cada peso hasta fin de mes.

Después apareció Alejandro Salgado.

Era arquitecto, dueño de un pequeño despacho, serio, poco expresivo y obsesionado con trabajar. Lucía volvió a sonreír a su lado.

Camila, en cambio, nunca logró quererlo.

Sobre todo desde aquella cena en que Alejandro le dijo que olvidara su sueño de dedicarse profesionalmente al violín.

Camila había tocado desde los siete años. Había ganado concursos juveniles y soñaba con estudiar música en Europa.

Pero Alejandro fue tajante.

—El talento no paga la renta automáticamente. Necesitas una carrera que te dé estabilidad.

Lucía no lo contradijo.

Camila terminó estudiando administración y guardó su violín en la parte más alta del clóset.

Desde entonces, trataba a Alejandro con una cortesía helada.

Pero durante los últimos tres meses su resentimiento se convirtió en sospecha.

Alejandro comenzó a llegar pasada la medianoche. Puso contraseña nueva en su celular. Contestaba llamadas en el balcón y bajaba la voz cuando Lucía aparecía.

Una noche, Camila alcanzó a escucharlo:

—Sí, ya hice la transferencia… No, ella todavía no sabe nada. Necesito un poco más de tiempo.

Dos semanas después encontró algo peor.

Lucía le pidió llevar una chamarra de Alejandro a la tintorería. Al revisar los bolsillos, Camila encontró un recibo arrugado de una joyería de lujo en Andares.

Dije de oro blanco con diamantes: $68,900 pesos.

El cumpleaños de Lucía había sido seis meses antes.

Camila sintió que le ardía la cara.

Mientras su madre compraba marcas económicas en el supermercado, Alejandro gastaba casi setenta mil pesos en una joya que nadie en esa casa había visto.

Esa noche compró por internet una cámara diminuta disfrazada de cargador.

Cuando Alejandro mandó a Lucía un fin de semana a descansar a Chapala, Camila fingió que dormiría en casa de una amiga.

Antes de salir instaló la cámara frente al escritorio del padrastro.

El domingo regresó antes que todos, sacó la memoria y abrió los videos.

Durante horas no ocurrió nada.

Hasta que, el sábado por la mañana, Alejandro encendió su computadora, inició una videollamada y un hombre de cabello blanco apareció en la pantalla.

Camila subió el volumen.

—Señor Salgado —dijo aquel hombre en inglés—, necesitamos hablar nuevamente de Camila.

Ella dejó de respirar.

Y entonces escuchó una frase que hizo que todo lo que creía saber sobre su padrastro comenzara a derrumbarse.

No podía imaginar lo que estaba a punto de descubrir.