Óscar intentó aclarar que su despacho solo había ofrecido orientación preliminar y que ninguna gestión legal podía realizarse fuera de los procedimientos correspondientes.
Mi abuelo lo miró.
—Eso tendrás que explicarlo donde corresponda.
Yo quiero saber por qué utilicé mis ahorros creyendo que estaba ayudando a mi nieto.
La reunión terminó sin abrazos ni fotografías.
Mi tío Arturo fue el primero en acercarse.
—Gabriel, no sabía que Valentina había estado tan grave.
—Pudiste preguntarme.
Bajó la cabeza.
—Tienes razón.
No le prometí perdonarlo inmediatamente.
Las consecuencias no llegaron todas de golpe.
La Fiscalía abrió una investigación por la denuncia de mi abuelo.
Meses después, mi madre aceptó un acuerdo de reparación dentro del procedimiento legal correspondiente, que incluyó devolver el dinero que había obtenido mediante engaños.
Mi abuelo decidió que jamás volvería a entregarle dinero sin revisar personalmente el motivo.
Claudia continuó representándome en el asunto familiar.
Las acusaciones de negligencia no encontraron respaldo en los registros médicos.
Un juez familiar mantuvo mi régimen de convivencia y dispuso que cualquier futuro cambio debía fundamentarse en las necesidades reales de Valentina.
También se establecieron medidas para evitar que los conflictos entre adultos afectaran a nuestra hija.
Mariana comenzó a asistir conmigo a las consultas respiratorias.
Nuestra relación seguía siendo complicada, pero al menos aprendimos a no convertir el miedo por la salud de Valentina en una pelea por demostrar quién tenía más razón.
Renata tardó 3 meses en escribirme.
Su mensaje decía:
—No debí hablar de tu hija como si estuviera fingiendo.
Perdón.
Respondí que agradecía la disculpa, pero que necesitaba tiempo.
