—Te lo pregunto porque me has dicho durante meses que no tienes suficiente para vivir.
—¿Ahora quieres quitarme mis ahorros?
—Quiero saber cuánto de ese dinero te lo di creyendo que necesitabas comprar comida y medicinas.
Teresa suspiró.
—Unos treinta y un mil pesos.
Mauricio se llevó las manos a la cabeza.
—Treinta y un mil…
Yo sentí ganas de llorar.
Recordé todos los gastos que habíamos pospuesto.
El mantenimiento del automóvil. La pequeña escapada que planeábamos para nuestro aniversario. Las reparaciones pendientes del departamento.
Cada vez que hablábamos de comprar algo, Mauricio me decía que debíamos esperar porque su madre estaba pasando dificultades.
Y ahora descubríamos que aquella mujer tenía $31,000 pesos apartados para el coche de su hija.
—¿Y cuánto recibes realmente de pensión? —preguntó Mauricio.
Teresa se quedó inmóvil.
Saqué el comprobante que había visto en la entrada.
—Dieciocho mil seiscientos pesos —respondí—. Está aquí.
Mi suegra se levantó de golpe.
—¡Estuviste revisando mis documentos!
—Estaba sobre el mueble, con la cantidad a la vista.
Mauricio tomó el comprobante.
Lo leyó dos veces.
—Mamá… me dijiste que tu pensión apenas alcanzaba para los recibos.
—¡Y así es! ¡Todo está carísimo!
—¿Cuánto ganas con los clientes de contabilidad?
—Depende del mes.
—Dame una cantidad aproximada.
Teresa respiró con dificultad.
—A veces seis mil. A veces ocho mil.
Mauricio dejó el comprobante sobre la mesa.
—Entonces recibes unos veinticinco mil pesos mensuales, algunas veces más, sin contar lo que vendes del huerto.
—¡También tengo gastos!
—Claro que tienes gastos. Nunca he dicho lo contrario. Pero vives en una casa pagada y me hiciste creer que no podías comprar alimentos.
Teresa comenzó a llorar.
—Yo pensé que eras diferente, Mauricio. Te crié para que fueras generoso.
Mi esposo cerró los ojos.
—Y yo pensé que podía confiar en ti.
Aquellas palabras fueron mucho más fuertes que cualquier grito.
Teresa se quedó callada.
Después cambió completamente de tono.
—Hijo, entiende algo. Lorena tiene una vida más difícil. Tú tienes una esposa que trabaja, no tienen hijos todavía y entre los dos ganan bien. Yo solo estaba tratando de equilibrar un poquito las cosas.
—¿Equilibrarlas mintiéndome?
—Quería evitar discusiones.
—Pues acabas de provocar una mucho peor.
Entonces mi suegra se llevó una mano al pecho.
—Ay… me siento mal.
Mauricio se levantó inmediatamente.
—¿Qué tienes?
—El corazón… siento una presión.
No sabía si el disgusto le había provocado realmente algún problema, pero no estaba dispuesta a ignorarlo.
Saqué mi teléfono y llamé al servicio de emergencias.
Teresa intentó detenerme.
—No hace falta, hija. Ahorita se me pasa.
