—Si es el corazón, no vamos a arriesgarnos.
Cuando llegaron los paramédicos, le revisaron la presión y sus signos vitales. Nos explicaron que estaba alterada y recomendaron una valoración médica si los síntomas continuaban o reaparecían. En ese momento no encontraron señales evidentes de una emergencia grave.
Aun así, la dejamos descansar.
Mauricio permaneció en silencio durante todo el regreso.
Al llegar al departamento, se sentó frente a mí.
—Natalia, perdóname.
Yo estaba agotada.
—¿Por qué?
—Porque te dejé sola defendiendo algo que también era mi responsabilidad.
No respondí inmediatamente.
—Tu mamá puede necesitar ayuda algún día —le dije—. Nunca voy a pedirte que la abandones. Pero no puedo construir una vida contigo si cualquier llamada suya significa que nuestros planes dejan de importar.
Mauricio asintió.
—Lo sé.
—Y lo peor es que, cuando intenté hablar, permitió que ella me tratara como si fuera una extraña que quería robarte tu sueldo.
Él bajó la mirada.
—Tienes razón.
Aquella noche abrimos nuestros estados de cuenta.
Revisamos las transferencias de los últimos ocho meses.
Entre las cantidades mensuales, los supuestos imprevistos y el tratamiento dental, Mauricio había entregado cerca de $70,000 pesos.
Setenta mil pesos.
No habíamos perdido nuestra casa. Tampoco estábamos en la ruina.
Pero ese dinero representaba meses de trabajo, sacrificios y planes postergados.
Y casi todo había salido de nuestro presupuesto sin una conversación sincera.
Mauricio canceló la solicitud de crédito que había comenzado a tramitar. Después acordamos que ninguno comprometería los gastos comunes ni nuestros ahorros sin hablarlo previamente.
Dos días más tarde, llamó a su madre.
Puso el teléfono en altavoz.
—Mamá, necesito que me devuelvas los $31,000 que tienes guardados para el coche de Lorena.
Teresa respondió con indignación.
—¡Ese dinero ya se lo prometí a tu hermana!
—Pues vas a tener que explicarle que no podemos regalarlo.
—¡Qué vergüenza! ¡Ahora quieres quitarle algo que todavía ni tiene!
—No quiero quitarle nada. Quiero recuperar el dinero que te di porque me aseguraste que no tenías para vivir.
Teresa empezó a llorar.
—¡Jamás pensé que mi propio hijo me iba a cobrar la ayuda!
Mauricio respiró profundamente.
—Si me hubieras pedido apoyo para Lorena, habría decidido cuánto podía darle. Lo que no tenías derecho a hacer era mentirme.
—¡Pero es tu hermana!
—Y Natalia es mi esposa.
Mi suegra se quedó callada.
