—Qué extraño. Porque parece que sí llevas perfectamente las cuentas de lo que yo te debo desde que nací.
Mi suegra abrió la boca, pero no respondió.
Mauricio continuó:
—¿Cuánto dinero tienes ahorrado de lo que te he enviado?
Teresa se puso rígida.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque quiero saberlo.
—Ese dinero ya tiene un destino.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué destino? —pregunté.
Mi suegra me ignoró.
Mauricio repitió la pregunta.
Entonces Teresa dijo algo que terminó de destruir la tranquilidad que nos quedaba.
—Estoy juntando para el enganche de un coche para tu hermana.
Durante unos segundos solo escuché el ventilador girando sobre nuestras cabezas.
—¿Un coche? —repetí.
—Sí. Lorena necesita moverse con Diego. Está cansada de depender de los camiones y de gastar en taxis.
Mauricio soltó una carcajada seca.
—No puede ser.
—¿Qué tiene de malo? —preguntó Teresa—. Tu hermana es madre soltera. Necesita facilidades.
—¡Nosotros también necesitamos cambiar nuestro coche! —exclamé.
Mi suegra se encogió de hombros.
—Pero ustedes ya tienen uno.
—Uno que se descompone cada mes. Llevamos casi dos años ahorrando para reemplazarlo.
—Pues todavía funciona.
—¿Y sabe qué más? Mauricio dejó de aportar a nuestros ahorros porque usted le decía que no tenía para comer. ¡Ahora resulta que estaba reuniendo dinero para comprarle un coche a Lorena!
Teresa levantó la voz.
—¡Tu esposo tiene la obligación moral de ayudar a su familia!
—¿Y nosotros qué somos? —pregunté.
No contestó.
—¿Qué somos Mauricio y yo para usted? ¿Dos personas que trabajan únicamente para financiar las necesidades de los demás?
Mi suegra se volvió hacia su hijo.
—¿Vas a permitir que me hable así?
Pero Mauricio ya no la estaba mirando como antes.
—Mamá, ¿cuánto llevas ahorrado para ese coche?
—Eso es mío.
