—Se lo presté a mi mamá. Se le juntaron varios gastos.
—¿Prestaste o regalaste?
Mauricio guardó silencio.
Le expliqué que no estaba en contra de ayudarla, pero que necesitábamos establecer límites. Él prometió hablar con Teresa.
Nunca lo hizo.
Tres semanas después, lo encontré sentado en el sillón, mirando una solicitud de préstamo en su aplicación bancaria.
—¿Vas a pedir un crédito?
Bloqueó inmediatamente el celular.
—Solo estoy revisando las condiciones.
—¿Para qué necesitas un préstamo?
Tardó varios segundos en contestar.
—Mi mamá necesita un tratamiento dental urgente. Le transferí $24,500 pesos.
Sentí que se me helaba la sangre.
Era casi todo su sueldo del mes.
—¿Y con qué vamos a pagar la renta y los servicios?
—Pensé que podrías cubrirlos esta vez.
Lo miré sin poder creerlo.
Mi esposo estaba dispuesto a endeudarse para sostener a su madre, pero ni siquiera había preguntado cuánto costaba realmente aquel tratamiento.
Le exigí que fuéramos juntos a hablar con ella.
Mauricio aceptó de mala gana.
Yo todavía pensaba que Teresa simplemente administraba mal su dinero.
No imaginaba que aquella visita terminaría revelándonos por qué una jubilada aparentemente necesitada recibía miles de pesos cada mes y jamás tenía suficiente.
Y mucho menos imaginaba para quién estaba reuniendo realmente nuestro dinero.
PARTE 2
El sábado siguiente llegamos a casa de Teresa poco después del mediodía.
La encontramos en el patio, acomodando varias cajas llenas de jitomates, chiles y calabacitas.
—Mauricio, ayúdame a cargar esas cajas hasta el portón —ordenó.
Mientras mi esposo obedecía, una camioneta se estacionó frente a la casa. Una señora bajó, revisó las verduras y le entregó varios billetes a mi suegra.
—¿Estás vendiendo lo que cosechas? —pregunté.
—Pues claro, hija. ¿Voy a dejar que se eche a perder?
No tenía nada de malo. Al contrario, me parecía admirable que siguiera trabajando.
Pero fue la primera señal de que sus ingresos no eran exactamente como nos los había contado.
Entramos a tomar café y, apenas nos sentamos, sonó su teléfono.
Teresa atendió en otra habitación.
Desde la cocina la escuchamos hablando de facturas, declaraciones y movimientos contables.
Cuando regresó, pregunté:
—¿Todavía llevas la contabilidad de algunos clientes?
—Unos cuantos. No voy a trabajar gratis solo porque ya estoy jubilada.
Mauricio levantó las cejas.
—Nunca me dijiste que seguías cobrando por eso.
—Porque tampoco tengo obligación de contarles cada peso que gano.
Su respuesta me incomodó, pero decidí concentrarme en lo importante.
—Doña Teresa, queremos hablar sobre los gastos que ha tenido últimamente.
Dejó la taza sobre la mesa.
