—¡Me acabas de costar otro negocio! ¡Vas a ver cuando reciba los ocho millones!
—Es una línea de suministro a crédito, no ocho millones en efectivo —respondí—. Y todavía no te la han autorizado.
No se preguntó cómo lo sabía. Estaba demasiado ocupado culpándome de sus propias mentiras.
Al día siguiente, el comité terminó la verificación. De doce supuestos clientes importantes, cuatro nunca confirmaron pedidos. Otros sólo solicitaron cotizaciones. Había facturas sin entregas comprobadas y deudas vencidas omitidas en la presentación. La solicitud no cumplía nuestros requisitos.
Como yo estaba formalmente apartada del proceso, el comité independiente firmó el dictamen. Citaron a Mauricio para explicarle el rechazo. Él creyó que iba a firmar su gran contrato.
Llegó de traje nuevo con Graciela del brazo. En recepción, ella presumió: «A ver si ahora sí respetan a un empresario de verdad».
En la sala esperaban Tomás, director de auditoría, y una abogada. Les entregaron las observaciones.
—Antes de cualquier otra cosa, necesitamos aclarar estos comprobantes —explicó Tomás—. Dos clientes no reconocen los montos atribuidos a sus empresas. Tampoco encontramos evidencia de las entregas correspondientes.
Mauricio golpeó la mesa.
—¡Son detalles administrativos! ¿Van a echar a perder un contrato de ocho millones por unos papelitos?
—No son papelitos —contestó Tomás—. Son documentos con los que usted pretende demostrar capacidad de pago. Además, existen obligaciones vencidas que modifican sustancialmente el análisis de riesgo.
Graciela se puso de pie.
—¡Exijo hablar con la directora! ¡No pueden tratar así a mi hijo! ¡Ella debe saber que aquí tienen empleados incompetentes!
Yo esperaba afuera con la responsable jurídica. Mauricio había cuestionado por escrito mi relación con la empresa y se me había pedido aclararla una vez concluida la evaluación. La abogada abrió la puerta.
Entré y tomé asiento frente a ellos.
—Buenos días, Mauricio. Señora Graciela.
Él se quedó inmóvil unos segundos. Después soltó una risa nerviosa.
—¿Tú qué haces aquí? ¿Viniste a espiarme hasta en mi trabajo?
La abogada habló antes de que yo contestara:
—La señora Elena Morales es la directora general y accionista mayoritaria de Grupo Logístico del Bajío. Su vínculo con usted fue declarado previamente; por eso no participó en la evaluación ni en la decisión de crédito.
Graciela dejó caer su bolso. Mauricio miró a Tomás, buscando alguna señal de broma.
—Imposible. Elena trabaja en un almacén. ¡Ella no dirige nada!
—Trabajo en logística —respondí—. Nunca te dije que fuera una empleada mal pagada. Eso lo decidiste tú, y nunca quisiste escuchar otra cosa.
Le mostraron la información corporativa pertinente. Su expresión cambió por completo. Primero incredulidad. Luego vergüenza. Finalmente, miedo.
—¿Entonces tú eres la dueña? —susurró.
—Soy una de las personas que construyeron esta compañía desde cero. Tengo la mayoría de las acciones, pero eso no me permite regalarle crédito a nadie. Mucho menos saltarme los controles para favorecer a mi esposo.
Graciela se acercó de repente con una sonrisa temblorosa.
—Hijita, ¿por qué nunca nos contaste? Todo fue un malentendido. Mauricio estaba cansado, había tomado de más… Las familias deben perdonarse.
La miré fijamente.
—Cuando pensaba que ganaba once mil pesos me llamó inútil. Cuando Mauricio me golpeó, usted le pidió que siguiera. Y ahora que conoce mi cargo, ¿resulta que soy su hijita?
Su sonrisa desapareció.
Mauricio se sentó despacio.
—Elena, podemos hablar en privado. Somos esposos. Si me ayudas con el contrato, puedo arreglar mis deudas y empezar de nuevo contigo.
—El contrato fue rechazado por razones documentadas —intervino Tomás—. La decisión no depende de la señora Morales.
Mi esposo miró la carpeta como si acabara de descubrir que no había dinero esperando por él.
—Pero ya comprometí mercancía. Le prometí pagos a varios proveedores. Mi mamá puso su casa como garantía de unos préstamos. Si esto no sale, nos hundimos.
Graciela se volvió hacia él, pálida.
