Sentí un frío terrible al escuchar la siguiente frase de mi esposo: «Sus papás ya murieron. No tiene quién la reciba. ¿Adónde se va a ir?».
No solamente habían preparado una humillación. También habían contado con mi soledad para mantenerme atrapada.
—¿Por qué no me avisaste? —pregunté.
Diego bajó la mirada.
—Creí que era otra de sus fanfarronadas. Me equivoqué. Si tu abogada lo considera útil, declararé lo que escuché. No quiero seguir protegiéndolos con mi silencio.
Le agradecí por decir la verdad, pero también le expliqué que conocerla antes habría podido ahorrarme aquella noche. Él asintió sin justificarse.
Dos días después, mientras esperaba una reunión de negocios en un restaurante de Guadalajara, escuché la voz de Graciela.
—Cuando mi Mauricio cierre lo de los ocho millones, vamos a venir aquí cada domingo —presumía.
Volteé discretamente. Estaba con mi todavía esposo y una joven de traje color crema. Mauricio hablaba sin parar de sus futuras ganancias, mientras la muchacha le hacía preguntas sobre proveedores.
Graciela me descubrió y caminó directamente hasta mi mesa.
—¡Con razón te llevaste el dinero de la boda! ¡Para venir a comer como rica!
Varias personas voltearon. Dejé el vaso sobre la mesa.
—Retire esa acusación, señora. Usted sabe que es falsa.
Mauricio llegó detrás de ella, rojo de furia.
—¿Ahora también me sigues? ¿No te bastó con arruinar mi casa?
La joven se acercó confundida.
—Mauricio, ¿quién es ella?
Él titubeó antes de responder:
—Una mujer con la que tuve problemas. Estamos separados desde hace seis meses.
—Soy Elena —intervine—. Nos casamos el sábado pasado. Todavía somos legalmente esposos.
La muchacha abrió mucho los ojos. Saqué mi teléfono y le mostré la fotografía de la boda, publicada por la propia Graciela.
—¿El sábado? —preguntó, temblando de indignación—. ¡Ayer me dijiste que estabas divorciado!
Se llamaba Valeria y era ejecutiva de compras. Mauricio la había invitado para hablar de negocios, pero también llevaba días enviándole mensajes románticos. Ella ignoraba que estuviera casado.
—No quiero involucrarme ni personal ni comercialmente contigo —le dijo—. Si mientes en algo tan sencillo de comprobar, ¿cómo voy a confiar en tus números?
Valeria tomó su bolsa y salió del restaurante. Mauricio intentó alcanzarla, pero ella no se detuvo. Entonces él se volvió hacia mí.
