—¿Qué documentos encontraste, Arturo? —pregunté, intentando controlar mi voz.
—No puedo hablar por teléfono. Creo que me están vigilando. Mi suegro dice que tu marido lleva doce años esperando este momento.
—¿Y por qué tendría que creerte después de todo lo que me hiciste?
Escuché su respiración agitada.
—Porque si esto termina como dicen, yo voy a perderlo todo. Y tú también puedes salir perjudicada.
Colgué.
Por primera vez desde nuestra separación, no sentí satisfacción al escuchar a Arturo desesperado.
Recordé a Elena y don Manuel frente al terreno abandonado. Habían trabajado durante cuarenta años para comprar una vivienda cerca de sus nietos.
No podía permitir que su dinero desapareciera mientras dos familias millonarias se repartían las culpas.
Al día siguiente, acudí con don Julián, el abogado que había sido testigo de mi boda.
Le mostré las fotografías de la construcción, los contratos de los compradores y el historial de modificaciones de mis presupuestos.
El anciano revisó todo durante casi tres horas.
—Lucía, esto no es únicamente un fraude inmobiliario —dijo finalmente—. Aquí hay indicios de facturación simulada, desvío de recursos y una operación diseñada para dejar sin protección a los compradores.
—¿Podemos demostrarlo?
—Tenemos suficientes indicios para presentar denuncias y solicitar una investigación. Pero necesitamos distinguir muy bien qué documentos obtuviste legalmente por tu trabajo y cuáles deben conseguir las autoridades.
Seguí sus instrucciones.
Conservé mis fotografías originales, los informes autorizados y mis cálculos. Las familias afectadas comenzaron a reunir sus contratos y comprobantes de transferencia.
Sin embargo, tres días después apareció una publicación en redes sociales que cambió mi vida.
“Empleada abandonada por un empresario se casa con millonario secreto y amenaza con destruir la constructora donde trabaja”.
