Habían vendido su casa para comprar un departamento de un millón cuatrocientos mil pesos.
Pero acababan de descubrir que esa misma vivienda había sido prometida a otra familia.
—Nos dijeron que debíamos firmar un préstamo a favor de la constructora y después nos entregarían el departamento —explicó Elena, llorando—. Hay otras cuarenta y una familias como nosotros.
Revisé el contrato.
No tenían una compraventa formal ni las protecciones habituales de una operación inmobiliaria.
Tenían un préstamo firmado con una sociedad controlada por la constructora.
Y al final aparecía una firma que conocía perfectamente.
Arturo Salinas.
Aquella noche investigué los registros mercantiles de la empresa que facturaba los trabajos inexistentes.
Se llamaba Construcciones Delta.
Su accionista principal era otra sociedad vinculada a Patricia Barragán, hermana de Héctor.
Entonces comprendí el mecanismo.
El dinero entraba mediante préstamos de familias desesperadas por conseguir vivienda. Después salía mediante facturas infladas hacia empresas relacionadas con los propios Barragán.
Arturo había firmado los pagos y los contratos.
No estaba siendo preparado para convertirse en heredero del imperio.
Estaba siendo preparado para cargar con sus delitos.
Cuando terminé de ordenar las pruebas, mi celular sonó.
Era Arturo.
—Lucía, tienes que ayudarme —susurró—. Acabo de escuchar a mi suegro hablando con sus abogados. Dijo que, cuando todo esto explote, tú vas a terminar en la cárcel por los presupuestos falsos.
Me quedé helada.
Entonces Arturo añadió:
—Y hay algo peor. Encontré documentos sobre Martín y su padre. Mi suegro conoce a tu marido desde mucho antes que nosotros.
PARTE 3
