Mi cuñado me exigió las llaves de mi departamento después de anunciar: “¡Robaron a mamá y no puede seguir viviendo sola!”. Su plan era instalar a mi suegra en mi propiedad y quedarse con la casa de tres recámaras de ella. Mi esposo estaba preocupado, pero yo acepté reunir a toda la familia antes de decidir. Nadie esperaba que sacara una fotografía antigua donde aparecía el supuesto ladrón…
—A partir del lunes, tu suegra se va a vivir gratis a tu departamento. Y nosotros nos mudaremos al suyo. Es lo menos que puedes hacer por esta familia, Elena.
Mi cuñado Raúl pronunció aquellas palabras con tanta seguridad que por un momento pensé que estaba bromeando. Pero cuando vi la expresión de mi esposo, Miguel, y los ojos hinchados de su hermana Patricia, comprendí que hablaba completamente en serio.
Todo comenzó un sábado por la mañana.
Miguel y yo estábamos desayunando chilaquiles cuando Patricia apareció llorando, acompañada de su marido.
—¡Mi mamá está destruida! —sollozó, dejándose caer en una silla—. ¡Ese desgraciado le quitó todos sus ahorros!
Mi suegra, doña Teresa, tenía 68 años y llevaba tres meses viviendo un romance que parecía sacado de una telenovela.
El supuesto enamorado se llamaba Rubén. Decía ser un ingeniero jubilado que había trabajado durante años en proyectos mineros de Sonora. Siempre vestía camisas impecables, hablaba de inversiones internacionales y trataba a mi suegra como si fuera una reina.
Teresa estaba fascinada.
Después de enviudar, había pasado casi ocho años viviendo sola en su amplio departamento de tres recámaras. Rubén llegó con flores, serenatas y promesas de viajes.
Yo nunca terminé de confiar en él.
—¿Cuánto le robó? —preguntó Miguel.
—Ciento ochenta mil pesos en efectivo, varias joyas de oro y un alhajero de plata que perteneció a la abuela —respondió Patricia.