—¿Por qué le pagaría cinco millones a una empleada para que abandone a un taxista?
Barragán apretó la mandíbula.
—Hay cosas que no entiendes.
—Entonces explíquemelas.
Se inclinó hacia mí.
—Pregúntale a tu marido qué hace cuando no está manejando su taxi. Y piensa muy bien si quieres seguir trabajando para mi empresa.
Se marchó sin tocar su café.
Esa tarde enfrenté a Martín.
—¿Quién eres realmente?
Él guardó silencio antes de responder.
Años atrás había desarrollado un programa informático para optimizar rutas de transporte. Una empresa internacional compró los derechos por una cantidad que lo convirtió en millonario.
Con ese dinero creó un fondo privado dedicado a adquirir créditos empresariales.
—Se llama Capital Horizonte —explicó—. Durante años compramos parte de las deudas que distintos bancos tenían contra Grupo Barragán.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuánto le deben?
—Cientos de millones de pesos. Controlamos una parte importante de sus obligaciones financieras.
Comprendí entonces por qué Barragán lo temía.
Pero otra pregunta me dolía todavía más.
—¿Por qué no me lo dijiste antes de casarnos?
Martín bajó la mirada.
—Porque tú querías casarte con el taxista del que Arturo se burlaba. Si te hubiera dicho que tenía dinero, nunca habría sabido si me elegías a mí o lo que representaba.
Aquello me lastimó.
No porque fuera millonario, sino porque había permitido que firmara nuestro matrimonio sin conocer una parte tan importante de su vida.
Dormimos separados aquella noche.
El lunes siguiente regresé a la constructora decidida a concentrarme en mi trabajo.
Pero apareció un nuevo problema.
Un presupuesto que yo había elaborado contenía un precio diez veces superior al correcto.
Mi jefe insinuó que podían despedirme por negligencia.
Exigí revisar el historial de modificaciones del archivo.
El departamento de sistemas encontró que alguien había alterado el documento después de mi entrega.
El usuario pertenecía a Arturo.
Guardé una copia certificada del registro interno.
Entonces pedí autorización para inspeccionar las obras del nuevo fraccionamiento residencial.
Lo que encontré superó todas mis sospechas.
La empresa había pagado sesenta millones de pesos por excavaciones, concreto y cimentaciones que apenas existían.
Solo había un terreno abandonado, una excavadora oxidada y estructuras incompletas.
Mientras tomaba fotografías, una pareja de ancianos se acercó.
Se llamaban Elena y don Manuel.
