Mi prometido me dejó para casarse con la hija de un millonario y me dijo: “Tú no perteneces a nuestro mundo”. Su madre hasta se burló de los 40 frascos de mermelada que preparó mi mamá para la boda. Me los llevé sin discutir. Un mes después me casé con su mejor amigo, un humilde taxista. A la mañana siguiente, alguien ofreció cinco millones de pesos para que nos divorciáramos…

Martín respondió:

—Acepto, pero con una condición. Yo no voy a fingir que te amo para darle celos a nadie. Si me caso contigo, será porque quiero construir algo verdadero.

Cuatro semanas después celebramos una boda sencilla, exactamente un día antes de la lujosa ceremonia de Arturo y Renata.

Mi hermano publicó nuestra fotografía.

Esa misma noche, Arturo se la mostró entre carcajadas a su futuro suegro, Héctor Barragán.

Pero el millonario dejó caer su copa al reconocer a mi esposo.

A la mañana siguiente, recibí una llamada suya.

Su voz temblaba de furia.

—Lucía Herrera, ¿tienes la menor idea de quién es el hombre con el que acabas de casarte?

Y cuando le respondí que era Martín Ríos, un taxista, gritó algo que me heló la sangre:

—¡Entonces no sabes lo que acabas de provocar! ¡Ese hombre puede destruir todo lo que tengo!

PARTE 2

Aquella llamada me dejó sin aliento.

Héctor Barragán era dueño de edificios, fraccionamientos y centros comerciales. Nunca había escuchado a ese hombre suplicar, mucho menos perder el control.

—Necesito verte —ordenó—. Y no le digas nada a Martín.

Nos encontramos en una cafetería de la colonia Roma.

Llegó acompañado de un guardaespaldas. Llevaba un traje carísimo, pero tenía el rostro de alguien que no había dormido.

Sacó un documento de su portafolios.

—Te daré cinco millones de pesos si te divorcias de Martín. Un millón al firmar y cuatro cuando el divorcio quede concluido.

Lo observé incrédula.

 

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