—Arturo, hagamos cuentas. Doscientos treinta mil pesos para tus estudios, setecientos mil para el enganche de tu departamento, cincuenta y cinco mil para tus tratamientos dentales y noventa mil para liquidar la deuda de tu madre.
Le mostré las transferencias.
—Me debes más de un millón de pesos. Así que guarda tus cincuenta mil.
Arturo palideció.
Teresa empezó a gritar que yo era una interesada.
Recogí las mermeladas, tomé a mi madre del brazo y salimos.
Esa noche, después de acompañarla a la terminal de autobuses, comenzó a llover.
Pedí un taxi.
Llegó un viejo Nissan blanco, con una abolladura en la defensa.
El conductor era Martín Ríos, el mejor amigo de Arturo desde la universidad.
Arturo siempre se burlaba de él.
Decía que había desperdiciado su carrera de ingeniería para terminar manejando un taxi.
Martín escuchó mi historia sin interrumpirme.
Cuando empecé a llorar, repetí en voz baja una frase que utilizaba para tranquilizarme:
—Respira. Cuenta conmigo hasta diez. Uno, dos…
Martín frenó bruscamente.
Sus manos quedaron inmóviles sobre el volante.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada —respondió con la voz extrañamente quebrada—. Me acordé de algo.
Al llegar al departamento de Arturo, descubrí que habían cambiado la cerradura.
Mis pertenencias estaban dentro de tres cajas abandonadas junto a la puerta.
Una nota decía:
Esta casa es de Arturo. No vuelvas.
Durante los días siguientes descubrí que Arturo había recibido el nombramiento de director de una nueva filial de la constructora Barragán.
A mí me trasladaron a un puesto inferior.
Pero al revisar los últimos presupuestos, encontré algo extraño: las cantidades de concreto estaban duplicadas sin que los planos hubieran cambiado.
Una semana después, busqué a Martín.
—Quiero pedirte algo absurdo —le dije—. Cásate conmigo.
Él me miró durante varios segundos.
—¿Para vengarte de Arturo?
—Sí. No voy a mentirte.
