Se me heló la sangre.
Yo era directora regional de cumplimiento de una empresa que certificaba proveedores para hoteles, salones y centros de convenciones de Ciudad de México y el Estado de México. Sin nuestra validación de seguros y responsabilidad civil, muchos recintos simplemente no permitían que un evento entrara.
EVO-19 pertenecía al estudio de Mauricio.
Tres años antes, cuando su negocio apenas comenzaba, yo había respaldado personalmente su ingreso al programa.
Saqué el teléfono.
—Necesito suspender inmediatamente la garantía vinculada a EVO-19 y mandar el expediente a revisión.
Mauricio cruzó la calle casi corriendo.
—¿Qué estás haciendo?
—Protegiendo una certificación que está siendo utilizada para algo que nunca autoricé.
—¡No me estoy casando con ella! —susurró—. Es contenido. Una boda falsa para relanzar su marca. No existe acta matrimonial.
Valeria asomó la cabeza desde la camioneta.
—Mariana, de verdad lo siento. Es una producción. Mauricio estará libre esta tarde.
Como si me estuviera devolviendo algo prestado.
Un coordinador se acercó nervioso.
—Mauricio, el hotel dice que la certificación aparece suspendida. No nos dejan entrar.
Segundos después llamó el recinto alternativo.
Mismo problema.
Mauricio me miró con furia.
—Estás abusando de tu puesto porque estás celosa.
—Si todo es legítimo, presenta los documentos correctos y solicita la reactivación.
Recogí mi pastel y me fui.
En casa abrí nuestra cuenta conjunta para la boda.
Seis meses antes había casi 850,000 pesos.
Quedaban poco más de 200,000.
Revisé los movimientos.
Camionetas.
Flores.
Producción audiovisual.
Anticipos de hotel.
Pastel.
Decoración.
Todos registrados como gastos de nuestra boda de diciembre.
Cuando Mauricio llegó esa noche, puse los estados de cuenta frente a él.
—¿Usaste el dinero de nuestra boda para casarte de mentira con otra mujer?
Él ni siquiera pareció avergonzado.
—Las estructuras florales se pueden reutilizar en diciembre. Las luces también. Técnicamente no perdimos el dinero.
Entonces comprendí que el problema no era una boda falsa.
Era que Mauricio estaba convencido de que todo lo mío también le pertenecía.
Dejé mi anillo sobre la mesa.
—Llévatelo cuando te vayas.
Se marchó sin tocarlo.
A la mañana siguiente recibí una llamada de nuestro organizador de bodas.
Su voz temblaba.
—Mariana… encontré algo que creo que debes ver. Hace dos meses alguien cambió el nombre de la novia en tu reservación de diciembre.
—¿Por cuál nombre?
Hubo unos segundos de silencio.
—Valeria Montes.
Y lo peor fue descubrir que la autorización llevaba mi firma digital.
No podía creer lo que estaba a punto de salir a la luz…
PARTE 2
El documento indicaba que yo había autorizado convertir parte de nuestra boda en un evento comercial para el relanzamiento de Valeria.
Había un problema.
