Mi padre me quitó el asiento del avión privado y me humilló delante de mi madre y mi hermano. “Aquí solo viaja la gente importante”, dijo riéndose. Yo únicamente respondí: “¿Estás seguro?”. Tres minutos después, todos corrían a buscarme. Pero cuando llegaron al hotel de 180 mil pesos por noche, descubrieron algo mucho peor.
A las nueve de la mañana siguiente, Arturo se presentó en el campo de golf más exclusivo del complejo.
Había averiguado que Javier Beltrán, el inversionista que tanto buscaba, jugaría allí antes de asistir a una reunión de negocios.
Mi padre lo encontró cerca del hoyo catorce.
—¡Señor Beltrán! ¡Qué gusto conocerlo personalmente! Soy Arturo Mendoza, presidente de Constructora Mendoza.
Javier lo saludó con educación, pero sin entusiasmo.
Arturo comenzó a hablar de proyectos inmobiliarios, terrenos y oportunidades supuestamente extraordinarias.
Finalmente llegó a lo que realmente quería.
—Estoy buscando un socio estratégico para una inversión de 40 millones de pesos.
Javier lo interrumpió.
—Señor Mendoza, conozco la situación de su empresa.
Mi padre perdió la sonrisa.
—Seguramente le dieron información equivocada.
—Sé que tiene créditos vencidos, problemas de liquidez y obligaciones que no ha podido cubrir. No estoy interesado.
—¡Puedo garantizarle excelentes rendimientos!
—No vine a Los Cabos para rescatar constructoras.
En ese momento llegué en un carrito eléctrico del resort.
Bajé llevando una carpeta de trabajo.
—Buenos días, Javier. ¿Revisamos los últimos detalles?
El inversionista sonrió y estrechó mi mano.
—Valeria, justamente te estaba esperando.
Mi padre abrió la boca.
—¿Ustedes se conocen?
—Llevamos seis meses negociando —respondió Javier—. Su hija dirige la adquisición de una de mis compañías tecnológicas por 40 millones de pesos.
Arturo me miró como si acabara de convertirme en una desconocida.
Después intentó sonreír.
—¡Magnífico! ¡Mi hija siempre fue muy inteligente! Yo le enseñé todo lo que sabe sobre negocios.
No respondí.
Javier continuó:
—De hecho, Valeria detectó ciertos riesgos entre los proveedores actuales de mi compañía.
Abrí la carpeta.
—Tres contratos pertenecen a sociedades relacionadas con Constructora Mendoza. Los análisis revelaron incumplimientos y un riesgo financiero considerable. Mi recomendación es no renovarlos y revisar cualquier obligación pendiente conforme a sus cláusulas.
Javier asintió.
—Estoy de acuerdo. Mi equipo jurídico se encargará.
Mi padre palideció.
Aquellos contratos eran parte de los pocos ingresos que todavía mantenían funcionando su empresa.
—¡Valeria! —gritó—. ¡Estás destruyendo el negocio de tu familia!
—Estoy protegiendo una adquisición, papá. Son decisiones respaldadas por una auditoría.
—¡Después de todo lo que gasté en tu educación!
Lo miré directamente.
—¿Quieres que hablemos de ese dinero aquí?
Arturo dejó de gritar.
Por primera vez en mi vida, vi verdadero miedo en sus ojos.