Mi padre me quitó el asiento del avión privado y me humilló delante de mi madre y mi hermano. “Aquí solo viaja la gente importante”, dijo riéndose. Yo únicamente respondí: “¿Estás seguro?”. Tres minutos después, todos corrían a buscarme. Pero cuando llegaron al hotel de 180 mil pesos por noche, descubrieron algo mucho peor.
—Licenciada Mendoza, su madre asegura que usted cubrirá los servicios.
—No autorizo ningún cargo.
Minutos después, Beatriz apareció frente a mi oficina del hotel.
—¡Me estás haciendo pasar una vergüenza horrible!
—Mamá, no voy a pagar 68 mil pesos para que te hagan masajes.
—¡Soy tu madre! ¡Me lo merezco!
La miré fijamente.
—¿Y yo no merecía que protegieras el dinero que recibí después de mi accidente?
Se quedó completamente quieta.
Sus ojos se abrieron apenas.
—¿De qué estás hablando?
—De los cuatro millones que desaparecieron de mi fideicomiso.
Su expresión cambió.
—Eso fue hace muchos años, Valeria. Tu hermano necesitaba una oportunidad.
Aquella frase terminó de romper algo dentro de mí.
Ni siquiera preguntó cómo había descubierto la verdad.
Tampoco intentó negarlo.
—¿Una oportunidad? —repetí—. ¿Por eso me obligaron a trabajar durante años para pagar una deuda que ustedes inventaron?
—¡Todo lo hicimos por la familia!
—No, mamá. Lo hicieron por Sebastián. Yo solamente era la persona que pagaba.
Beatriz comenzó a llorar, pero sus lágrimas aparecieron justo cuando comprendió que ya no podría disponer de mi dinero.
Le pedí que se retirara.
Aquella tarde ocurrió algo todavía más grave.
Sebastián entró sin autorización a la zona privada de mi suite aprovechando que un empleado trasladaba equipaje.
Había descubierto que mi computadora contenía información sobre adquisiciones hoteleras y pensó que podría conseguir dinero utilizando documentos confidenciales.
Lo encontró Renata.
Cuando llegó, Sebastián estaba revisando mi escritorio y tratando de llevarse el equipo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
Mi hermano casi dejó caer la computadora.
—Necesito revisar unos archivos.
—Esa computadora no es tuya.
—¡Soy su hermano!
—Y eso no te da derecho a entrar aquí.
Renata llamó a seguridad. Las cámaras del pasillo y el reporte de acceso permitieron documentar lo sucedido.
Sebastián intentó acercarse para quitarle el teléfono, pero los guardias llegaron antes de que pudiera hacerlo.
Cuando Renata me llamó, no parecía triste.
Parecía decepcionada.
—Valeria, ya entendí con quién me casé.
Presentamos el reporte correspondiente y restringimos formalmente el acceso de mi hermano a las instalaciones privadas.
Mientras tanto, mi padre preparaba su última oportunidad de salvación.