Mi padre me quitó el asiento del avión privado y me humilló delante de mi madre y mi hermano. “Aquí solo viaja la gente importante”, dijo riéndose. Yo únicamente respondí: “¿Estás seguro?”. Tres minutos después, todos corrían a buscarme. Pero cuando llegaron al hotel de 180 mil pesos por noche, descubrieron algo mucho peor.
Saqué una carpeta con documentos bancarios que llevaba meses investigando.
—Mi padre siempre aseguró que gastó una fortuna en mis estudios y que yo debía devolvérsela. ¿Recuerdas?
—Sí. Sebastián me dijo que tus padres habían sacrificado sus ahorros por ti.
—Pues esos ahorros nunca existieron.
Renata comenzó a revisar los documentos.
De pronto dejó de respirar por un instante.
Una transferencia de cuatro millones de pesos, realizada catorce años atrás, mostraba el nombre de Sebastián como beneficiario indirecto.
Y la cuenta de origen estaba vinculada con un fideicomiso.
En la primera página aparecía una fotografía mía cuando tenía ocho años.
Debajo había una descripción que me hizo recordar el día más doloroso de mi infancia.
Indemnización por accidente. Beneficiaria: Valeria Mendoza.
Entonces Renata levantó la mirada.
—Valeria… ¿tus padres utilizaron el dinero de tu accidente para financiar a Sebastián?
No respondí inmediatamente.
Porque lo que estaba a punto de enseñarle demostraba algo mucho peor.
PARTE 3
—Lo peor no es que me hayan robado ese dinero, Renata —le dije—. Lo peor es que durante catorce años me hicieron creer que yo era quien les debía algo.
Mi cuñada permaneció inmóvil, sosteniendo los documentos.
Le conté una historia que jamás había tenido el valor de contar completa.
Cuando tenía ocho años sufrí un accidente automovilístico en la carretera México-Querétaro. Pasé semanas hospitalizada y necesité varios tratamientos de rehabilitación.
La empresa aseguradora terminó pagando una indemnización de cuatro millones de pesos, destinada a cubrir mis necesidades médicas y educativas.
Como era menor de edad, el dinero quedó depositado en un fideicomiso del que yo era beneficiaria.
Mis padres tenían responsabilidades de administración, pero no podían utilizarlo libremente para sus propios negocios.
Sin embargo, cuando cumplí dieciocho años, mi padre reunió a toda la familia y anunció que estábamos atravesando una terrible crisis económica.
—Valeria, tus estudios nos están costando una fortuna —dijo—. Sacrificamos nuestros ahorros para darte oportunidades. Ya es momento de que comiences a devolvernos algo.
Me sentí culpable.
Conseguí trabajo en una cafetería mientras estudiaba administración. Durante años dormí cuatro horas por noche y entregué buena parte de mi sueldo a mis padres.
Mientras tanto, Sebastián estrenaba automóviles deportivos, viajaba a Miami y presumía su primera empresa tecnológica.
—Tu hermano sí sabe aprovechar las oportunidades —repetía mi madre—. Deberías agradecer que todavía te dejamos vivir aquí.
Nunca imaginé que el dinero utilizado para financiar aquellos lujos había sido mío desde el principio.
Renata revisó otra transferencia.
—Aquí están los cuatro millones. Salieron del fideicomiso mediante instrucciones irregulares y terminaron en una sociedad vinculada con Sebastián.
Asentí.
—Mis abogados contrataron peritos financieros. Encontraron documentos alterados, movimientos entre empresas familiares y retiros que nunca estuvieron relacionados con mis necesidades.
—¿Ya presentaste una denuncia?
—Hace tres meses. La investigación sigue abierta.
Renata dejó los papeles sobre la mesa.
Por primera vez desde que la conocía, vi lágrimas en sus ojos.
—Y yo pensando que Sebastián era un hombre exitoso…
—No tienes por qué pagar por sus mentiras.
—Pero me casé con alguien que se burlaba de su hermana mientras vivía del dinero que le habían quitado.
Se levantó lentamente.
—Voy a pedirle el divorcio.
No intenté convencerla de lo contrario.
A la mañana siguiente, mi madre decidió que todavía tenía derecho a disfrutar de sus vacaciones.
Se presentó en el spa del resort y solicitó tratamientos exclusivos, champaña importada y una cabina privada frente al mar.
La cuenta prevista ascendía a 68 mil pesos.
Cuando le pidieron una tarjeta válida o autorización de cargo, respondió:
—¡Mi hija es la vicepresidenta! Pónganlo en su cuenta.