Arturo comenzó una investigación con apoyo legal y autorizaciones judiciales para recuperar los archivos originales.
Semanas después encontró algo extraordinario.
Varias transferencias habían sido autorizadas remotamente desde la conexión de un hotel exclusivo en la Riviera Nayarit.
Durante esos mismos días, Fernanda había publicado fotografías disfrutando unas vacaciones allí.
Yo, en cambio, estaba trabajando en San Luis Potosí.
Aquello no demostraba por sí solo quién había utilizado mi contraseña, pero destruía la versión de que todas las operaciones se habían realizado desde mi computadora.
Luego Arturo logró recuperar el servidor que yo llevaba meses rogando que revisaran.
Un respaldo que Fernanda nunca supo que existía.
La siguiente visita fue diferente.
Arturo llegó acompañado de la abogada, Lucía Cárdenas, y colocó una computadora portátil sobre la mesa.
—Daniel, encontramos el video del almacén —me dijo—. Y también el registro de quién imprimió los documentos que aparecieron en tu departamento.
Sentí que las manos empezaban a temblarme.
En la pantalla apareció mi oficina, vacía, a las dos de la madrugada.
Después, la puerta se abrió.
Una mujer entró utilizando una llave, encendió mi computadora y comenzó a preparar varios documentos.
Arturo detuvo la grabación justo cuando su rostro quedó iluminado.
—Esto es suficiente para solicitar que revisen tu condena —dijo Lucía—. Pero antes tienes que ver lo que hizo después.
Arturo volvió a pulsar el botón de reproducción.
Y entonces vi la parte de la traición que ni siquiera en mis peores pesadillas había imaginado.
PARTE 3
La grabación mostraba a Fernanda sentándose frente a mi computadora y sacando de su bolso una carpeta que yo conocía perfectamente.
Contenía contratos antiguos firmados por mí.
Habían sido documentos legítimos utilizados años atrás para abrir nuestras primeras rutas de transporte.
Mi hermana colocó una de aquellas hojas sobre el escáner, copió mi firma y comenzó a preparar autorizaciones bancarias falsas.
Después imprimió varios comprobantes.
Eran idénticos a los que la policía había encontrado escondidos en mi departamento.
Pero la parte más espantosa apareció unos minutos después.
Fernanda abrió su correo electrónico, escribió un mensaje dirigido a nuestra madre y adjuntó los documentos que acababa de falsificar.
Arturo detuvo la imagen y amplió la fecha del archivo recuperado.
El mensaje había sido preparado casi dos días antes de que mi hermana anunciara haber descubierto el supuesto robo.
Dos días antes de que yo fuera detenido.
Mi propia hermana había planeado mi caída hasta el último detalle.
—No fue un malentendido —murmuré—. Ella decidió mandarme a prisión.
Lucía asintió.
—Y ahora podemos demostrarlo.
