Por muy atrasado que estuviera el predial, 650 mil pesos era una cantidad absurda.
Pero había algo que mi madre parecía haber olvidado.
La mitad de esa casa estaba legalmente a mi nombre.
Todo comenzó en 2008.
Mi padre, don José, trabajaba como maestro de obra. Había heredado un terreno de mi abuelo y soñaba con construir una casa donde toda la familia pudiera reunirse.
Cuando se quedó sin dinero a mitad de la construcción, le entregué 480 mil pesos que había ahorrado durante años de servicio.
No le pedí intereses ni garantías.
