Sin embargo, mi padre insistió en escriturar el cincuenta por ciento a mi nombre.
—Esta casa también es fruto del esfuerzo de mi hija —declaró.
Mi madre se enfureció.
—¡Es mujer, José! ¡Cuando se case, tendrá su propia familia! ¡Esta casa debe quedarse para nuestros tres hijos varones!
Mi padre no cedió.
Desde entonces, mi madre nunca me perdonó aquella decisión.
Mis hermanos, Óscar, Héctor y Diego, crecieron escuchando que eran los verdaderos herederos.
Óscar regresó a vivir con mis padres después de quebrar su negocio. Ocupó todo el segundo piso con su esposa y sus hijos.
Héctor se instaló en una habitación junto al patio después de divorciarse.
Diego, con treinta años, seguía viviendo en la casa y decía que ganaba dinero transmitiendo videojuegos.
Mientras tanto, yo enviaba diez mil pesos mensuales para ayudar con los gastos.
A veces mandaba más.
Mi esposo, Sergio, llevaba años diciéndome que mis hermanos estaban aprovechándose de mí.
Yo siempre respondía:
—Es por mis papás.
Aquella noche, después de colgar, entré al portal municipal para consultar mi predial.
Mi parte estaba completamente pagada.
A la mañana siguiente llamé a Tesorería Municipal.
La empleada revisó los registros y me confirmó que no existía ninguna reclamación por 650 mil pesos relacionada con ese impuesto.
Después añadió algo desconcertante:
—Señora Elena, sus padres ni siquiera aparecen actualmente como propietarios. Le recomiendo solicitar un certificado actualizado al Registro Público de la Propiedad.
Pedí el documento.
Cuando llegó, descubrí que mi padre había dejado de ser dueño de su mitad siete años atrás.
Y, más abajo, aparecía una hipoteca que nadie me había mencionado.
Mi familia no estaba perdiendo la casa por impuestos. Alguien había utilizado aquella propiedad para garantizar una deuda secreta.
Lo peor fue descubrir que el juicio ya estaba en marcha y que mi propio nombre aparecía entre las personas a quienes debían notificar.
