Mi madre guardó silencio unos segundos y después empezó a quejarse.
—Ay, hija, siento una presión horrible en el pecho. No sé si voy a aguantar otra preocupación.
Dejé el tenedor sobre la mesa.
Me llamo Elena Ramírez, tengo 45 años y soy coronela del Ejército Mexicano. Llevo más de veinte años trabajando en administración financiera. Estoy acostumbrada a revisar presupuestos millonarios y detectar irregularidades.
Y aquella historia tenía demasiadas.
PARTE 1
—¡Si no me depositas 650 mil pesos antes del viernes, van a rematar nuestra casa! ¡Tu padre y yo terminaremos en la calle por tu culpa! —gritó mi madre entre sollozos.
Eran casi las once de la noche. Acababa de regresar de trabajar y estaba cenando unas enchiladas recalentadas cuando recibí su llamada.
—Mamá, tranquilízate. ¿Qué pasó?
—¡Debemos siete años de predial! ¡Ya llegaron los abogados! ¡El viernes habrá una audiencia! Tus hermanos no tienen dinero, Elena. Eres nuestra única esperanza.
Entonces escuché una voz masculina detrás de ella.
—Dile que te está fallando el corazón. Así te deposita mañana.
Era Diego, mi hermano menor.
Mi madre guardó silencio unos segundos y después empezó a quejarse.
—Ay, hija, siento una presión horrible en el pecho. No sé si voy a aguantar otra preocupación.
Dejé el tenedor sobre la mesa.
Me llamo Elena Ramírez, tengo 45 años y soy coronela del Ejército Mexicano. Llevo más de veinte años trabajando en administración financiera. Estoy acostumbrada a revisar presupuestos millonarios y detectar irregularidades.
Y aquella historia tenía demasiadas.
La casa de mis padres estaba en las afueras de Celaya, Guanajuato. Era una construcción de dos pisos, con cinco habitaciones y un patio enorme.
