Mi esposo se llevó los cinco kilos de carne que pagué con mi salario y me dijo: “Las papas son para tu papá; mi mamá merece la carne”. Ni siquiera estaba invitada a su reunión familiar. En lugar de pelear, abrí el congelador y preparé un pequeño cambio. Cuando su madre abrió la hielera frente a doce invitados, comenzó un escándalo que nadie esperaba.
Había comprado quesos, embutidos, verduras, refrescos y café con su propia tarjeta.
Creía que podía llegar, poner aquellas compras sobre la mesa y obligarme a pedirle perdón.
Abrí el portón.
—Ya vine. Traje comida para todos —anunció—. Ahora dile a tu papá que tenemos que hablar.
Lo miré fijamente.
—No vas a entrar aquí a humillarme otra vez.
—Mariana, no exageres.
—Vete, Mauricio.
Y cerré el pesado portón metálico en su cara.
Pero segundos después, mi papá se acercó, me puso una mano en el hombro y dijo algo que cambió por completo lo que yo había pensado hacer con mi matrimonio.
PARTE 3
—Hija, no confundas poner límites con cerrar todas las puertas —me dijo mi papá, mirando el portón detrás del cual Mauricio seguía esperando—. Si quieres terminar tu matrimonio, hazlo porque ya no hay amor ni respeto. Pero si todavía quieres saber si ese hombre puede cambiar, primero tienes que escucharlo.
Me quedé mirando a don Ernesto.
—Papá, lleva años aprovechándose de mí.
—Lo sé, Mariana. Lo he visto cada vez que vienes preocupada por el dinero. Pero yo no puedo tomar esa decisión por ti.
Después agregó:
—Eso sí: en mi casa nadie vuelve a faltarte al respeto.
Aquellas palabras me dieron una tranquilidad que no había sentido en mucho tiempo.
Abrí nuevamente el portón.
Mauricio seguía afuera, sosteniendo sus bolsas de supermercado. Tenía la camisa arrugada y el rostro desencajado.
—¿Ya se te pasó el berrinche? —preguntó.
Estuve a punto de cerrar otra vez.
Pero mi padre apareció detrás de mí.
—Buenas tardes, Mauricio. Puedes pasar, pero aquí nadie viene a gritarle a mi hija.
Mi esposo bajó la mirada.
—Don Ernesto, yo solamente quería arreglar las cosas.
—Entonces empieza por hablar con respeto.
Entramos al patio.
El olor de la carne asándose sobre las brasas llenaba el ambiente. Mi papá había preparado una mesa sencilla, con tortillas calientes, nopales, cebollitas y salsa molcajeteada.