Skip to content
×
Mientras tanto, yo estaba sentada en el patio de mi papá, disfrutando una limonada bajo la sombra de un árbol de aguacate.
Don Ernesto encendía el asador.
—¿Y el licenciado Mauricio? —preguntó con una sonrisa.
—Fue a presumir comida ajena, papá.
Le expliqué lo sucedido.
Mi padre me miró unos segundos y después soltó una carcajada.
—¡Con razón trajiste toda la carne! Ese muchacho necesita aprender que lo que uno no paga no puede presumirlo como propio.
Entonces sonó mi teléfono.
Era Mauricio.
Contesté y puse el altavoz.
—¡Mariana! ¡¿Qué hiciste con la carne?!
—La traje con mi papá. Como habíamos quedado.
—¡Mi mamá quedó en ridículo frente a todos!
—¿Y eso es culpa mía?
—¡Me vas a pagar la vergüenza!
De fondo escuché la voz furiosa de doña Graciela.
—¡Dile que me debe una disculpa! ¡Y que no se te ocurra dejar de darme mis cuatro mil pesos mensuales por culpa de esta mujer!
Me quedé inmóvil.
—¿Cuáles cuatro mil pesos? —pregunté.
Mauricio guardó silencio.
Mi suegra también.
—¿Le das cuatro mil pesos todos los meses a tu mamá?
—Mariana, podemos hablarlo después.
—¿Mientras me dices que no tienes dinero para pagar ni la mitad de la renta?
—¡Es mi madre! ¡Tengo derecho a ayudarla!
—Claro que tienes derecho. Pero también tienes la obligación de no mentirme mientras yo pago prácticamente todo.
Cortó la llamada.
Mi papá apagó la sonrisa.
—Hija, ¿desde cuándo pasa eso?
—No tengo idea.
Fue entonces cuando comprendí que el problema nunca había sido solamente aquella carne.
Durante meses, Mauricio me había repetido que apenas le alcanzaba el sueldo.
Yo incluso había cancelado un pequeño viaje con mi papá porque supuestamente necesitábamos ahorrar.
Y mi esposo llevaba quién sabe cuánto tiempo entregándole dinero a una mujer que tenía una casa propia, una pensión y hasta un terreno de descanso.
Una hora después, Mauricio apareció frente al portón de mi padre.
Traía dos bolsas enormes de supermercado.
Continúa en la página siguiente.➡️