Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…
Entonces entendí que Arturo no solamente había traicionado nuestra confianza.
Había tratado de superar las protecciones que mi propio padre estableció después de sospechar de él.
—Hiciste bien en cambiarlo, papá. Pero debiste contármelo.
—Lo sé, hija.
Le acaricié la mano.
—Yo me encargo de lo demás. Tú solamente preocúpate por sanar.
Antes de salir del hospital busqué a Lucía.
—Perdona que te moleste. ¿Tú eres la mamá de un niño llamado Nico?
La mujer palideció.
—¿Conoces a mi hijo?
—Lo conocí en La Esperanza. También a Tomás.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Cómo está?
—Está bien. Es un niño maravilloso. Pero sigue esperándote.
Lucía bajó la mirada.
Me contó que había abandonado el pueblo tres años atrás. Después conoció a otro hombre y volvió a casarse.
Su nuevo esposo ignoraba que tenía un hijo.
—Al principio pensé que volvería por Nico en cuanto consiguiera trabajo —confesó—. Después me dio vergüenza enfrentar a Tomás. Cada mes que pasaba era más difícil.
—Pero tu hijo no dejó de esperarte.
—Lo sé.
—Tomás no habla mal de ti. Eso no significa que lo que hiciste haya dejado de dolerles.
Lucía comenzó a llorar.
—Tengo miedo de que Nico me rechace.
—Tal vez esté enojado. Tiene derecho. Pero merece saber que no hizo nada para provocar tu ausencia.
Le propuse que pensara seriamente en recuperar el contacto con su hijo, respetando lo que Tomás y Nico necesitaran.
No podía resolver su historia por ellos.
Pero quizá podía ayudar a abrir una puerta.
El jueves regresé a La Esperanza.
Tuve que pagar un transporte particular que tomó un largo desvío, pero necesitaba estar en la cabaña antes de que Arturo volviera.
Tomás me encontró calentando café de olla.
—Pensé que te quedarías en la ciudad —comentó.
—Yo también lo pensé.
—¿Se arreglaron las cosas?
—Impedimos algo muy grave. Ahora falta enfrentar a los responsables.
Tomás se sentó en el escalón del porche.
—¿Y tu padre?
—Recuperándose.
—Entonces ya tienes una buena noticia.
Sonreí por primera vez en días.
Aquel hombre no hacía grandes discursos. Simplemente aparecía cuando alguien lo necesitaba.
Antes de marcharse me contó que la cabaña había pertenecido a su abuela.
—Doña Chabela me ayuda a rentarla. Casi nadie quiere venir tan lejos.