Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…
Por primera vez después de mucho tiempo sentí que no necesitaba fingir lo que llevaba dentro.
Seis meses después, mi divorcio estaba concluido.
La investigación por el fraude continuaba, aunque la auditoría ya había permitido identificar las cantidades desviadas y comenzar los procedimientos para recuperarlas.
La empresa seguía funcionando bajo nuevos controles.
Mi padre se encontraba mucho mejor.
También había cumplido otra promesa.
Tras reunirse con representantes de la comunidad y autoridades municipales, consiguió apoyar un proyecto para mejorar el acceso al pueblo y sus comunicaciones.
Las obras del puente todavía avanzaban, pero ya había un sistema comunitario de internet que nos permitía trabajar y mantenernos comunicados.
Yo solicité continuar gran parte de mis responsabilidades administrativas a distancia, con viajes periódicos a Veracruz.
Aquella mañana entré en el despacho de mi padre para contarle mi decisión definitiva.
—Papá, voy a mudarme a La Esperanza.
Se quitó los lentes.
—¿Estás segura, hija?
—Completamente.
Me observó durante unos segundos.
—¿Tiene algo que ver ese guardabosques que siempre te acompaña?
Sonreí.
—Mucho.
Mi padre se levantó y me abrazó.
—Yo pensaba que algún día tendrías que dirigir toda la empresa.
—Puedo seguir ayudándote. Pero también quiero construir mi propia vida.
—Entonces hazlo, Mariana. Después de todo lo que pasó, lo único que deseo es verte feliz.
Le conté que Tomás y yo habíamos decidido casarnos en primavera.
Mi padre empezó a reír.
—¡Mira nada más! Mi hija se fue a salvar su matrimonio y terminó encontrando otro destino.
—Uno que jamás hubiera imaginado.
Antes de salir, me tomó nuevamente de la mano.
—Solo quiero preguntarte algo. ¿Ese hombre te trata bien?
Pensé en aquella noche sobre el río, cuando Tomás dejó sus obligaciones para ayudar a una desconocida.
Pensé en Nico, en los cachorros, en las tardes de lluvia y en todas las veces que Tomás había respetado mis decisiones sin exigirme nada.
—Sí, papá. Me trata como siempre debí ser tratada.