—Había tomado unas copas.
—Tu madre no había tomado ninguna cuando me pidió humillarme.
—No destruyas 4 años por una sola noche.
Sentí que esas palabras me atravesaban.
Porque no había sido una sola noche.
Habían sido cientos de cenas en las que me obligaba a guardar silencio.
Cumpleaños olvidados.
Bromas crueles delante de sus amigos.
Meses de sentir que tenía que agradecerle por dejarme existir a su lado.
—No estoy destruyendo nuestro matrimonio, Sebastián.
Estoy aceptando que lo destruiste tú.
Me volví hacia Tomás.
—Quiero contratar abogados independientes.
Necesito conocer cada documento del fideicomiso y revisar las operaciones de la empresa.
—Es lo correcto —respondió—.
Podemos organizarlo respetando las facultades de la fiduciaria y los procedimientos societarios.
—Y quiero que mi divorcio se maneje por separado.
Sebastián perdió la paciencia.
—¡No puedes llegar aquí y quitarme mi empresa!
—No he dicho que vaya a quitarte nada.
Quiero saber exactamente qué pertenece al fideicomiso y qué hicieron con sus recursos.
Tomás explicó que el control accionario no me permitía despedir al director general por un simple capricho.
Cualquier medida tendría que seguir los estatutos, las facultades fiduciarias y las decisiones de los órganos corporativos.
No me importó.
Yo no quería destruir una compañía que daba empleo a miles de personas.
Quería conocer la verdad.
Entonces Tomás me entregó un sobre amarillento.
Reconocí inmediatamente la letra de mi abuelo.
En el frente decía:
«Para Valeria, cuando esté preparada para elegir por sí misma».
Lo abrí con las manos temblorosas.
Mi abuelo explicaba que había construido sus inversiones durante décadas, primero con un pequeño negocio de materiales y después financiando empresas que necesitaban capital.
Cuando los Alcázar enfrentaron una crisis, él aportó recursos suficientes para salvarlos.
No lo hizo por caridad.
Negoció una participación mayoritaria y puso las acciones en un fideicomiso para proteger el patrimonio.
También escribió que nunca quiso que yo creciera rodeada de personas interesadas solamente en mi dinero.
Pero había una parte que me hizo llorar.
«Hijita, quizá cuando leas esto alguien te haya hecho sentir pequeña.
