Supuse que se trataba de la casa y unos ahorros.
Nunca imaginé que mi abuelo guardaba un secreto capaz de sacudir a toda la familia Alcázar.
Los primeros 2 años de matrimonio fueron tranquilos.
Después, Sebastián comenzó a cambiar.
Su empresa crecía, sus viajes se multiplicaban y nuestras conversaciones se reducían a órdenes.
—No hables de cosas que no entiendes frente a mis socios.
—Ese vestido parece comprado en un mercado.
—Deberías agradecer que te haya dado esta vida.
Su madre, Beatriz Alcázar, disfrutaba cada humillación.
—Una mujer sin apellido importante debe aprender a conservar lo que consiguió.
Yo organizaba eventos benéficos, atendía invitados y lo acompañaba a reuniones interminables.
Sin embargo, para ellos, nunca aportaba nada.
8 meses antes de aquella gala descubrí que Sebastián mantenía una relación con Renata Salcedo, hija de un empresario financiero.
Encontré mensajes, fotografías y una reservación de hotel a nombre de ambos.
Cuando lo enfrenté, ni siquiera intentó disculparse.
—Quizá si fueras una esposa más interesante, no tendría que buscar compañía fuera de casa.
Esa misma semana consulté a una abogada especializada en divorcios.
Todavía no había presentado la demanda cuando escuché una conversación extraña entre Sebastián y Beatriz.
—Ten cuidado con los documentos del fideicomiso Montes —advirtió ella.
—Mientras Tomás Villaseñor siga administrándolo, no tendremos problemas.
Montes.
Era mi apellido de soltera.
Comencé a revisar información pública del Registro Público de Comercio y reportes corporativos.
Descubrí que una sociedad vinculada al Fideicomiso Patrimonial Montes aparecía entre los principales accionistas de Grupo Alcázar.
Pero no podía consultar los documentos privados.
La noche anterior a la gala encontré una fotografía antigua de mi abuelo junto a un hombre llamado Tomás Villaseñor.
Detrás había un número telefónico y una frase escrita a mano:
«Cuando necesites saber quién sostiene realmente esa fortuna, habla con Tomás».
Lo llamé.
—Señorita Montes —respondió después de escuchar mi nombre—.
Su abuelo esperaba que llegara este momento.
Me pidió asistir a la gala y prometió explicármelo personalmente.
Al día siguiente llegamos a un hotel de Polanco donde había 300 invitados, empresarios, inversionistas y periodistas.
Yo llevaba un vestido negro que había pertenecido a mi madre.
Sebastián me examinó con desprecio.
—Procura no avergonzarme.
A las 9 de la noche subió al escenario.
