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—Mañana buscaré una abogada. No volveré a firmarte absolutamente nada.
Se dirigió hacia la salida sin abrazar a su hijo.
Rodrigo parecía haber envejecido diez años.
Intentó acercarse a Gabriel.
—Podemos arreglarlo. Le proporcionaré cifras nuevas. Liquidaré las deudas cuando usted pague.
—Los números auténticos debieron presentarse desde el principio —respondió el empresario—. Ya no estoy interesado.
—¡Pero necesito esa venta!
—Eso no justifica engañarme.
Gabriel se despidió cortésmente de mí y abandonó el salón.
Rodrigo se quedó mirando la puerta.
Entonces apareció don Ernesto.
Llevaba una carpeta con la cuenta del banquete.
—Señor Salgado, disculpe la interrupción. Necesitamos cerrar el servicio.
Rodrigo hizo un gesto impaciente.
—Cárguelo a la empresa de mi esposa.
—No será posible.
—¿Cómo que no?
—La señora Luna no autorizó ese gasto.
Don Ernesto dejó la cuenta frente a él.
Ciento ochenta y seis mil cuatrocientos pesos.
Rodrigo abrió los ojos.
—¡Esto es una locura!
—Es lo que contrató para cuarenta invitados: salón privado, menú especial, vinos, decoración y servicios adicionales.
—Pero siempre nos hacen descuento.
—Ese descuento era una cortesía para la señora Lucía, no para usted.
Karla soltó un pequeño gemido.
—Rodrigo, dijiste que mi cumpleaños estaba pagado.
—¡Cállate, Karla!
Los invitados comenzaron a recoger sus pertenencias.
Algunos se marcharon sin despedirse.
Otros fingían tener llamadas urgentes.
El hombre que media hora antes presumía que podía mantener a todo el mundo ahora no sabía cómo pagar la celebración.
Se volvió hacia mí.
—Lucía, por favor. No tengo esa cantidad disponible.
—Entonces tendrás que negociar un pago con don Ernesto.
—¡Somos esposos!
Lo miré durante unos segundos.
—Hace un momento dijiste que el lunes podía largarme.
Rodrigo bajó la mirada.
—Estaba borracho.
—Para organizar todo esto llevabas semanas perfectamente sobrio.
Se acercó y trató de tomarme la mano.
Me aparté.
—Por favor, Lucía. Es la casa de mi mamá. Si no vendo el restaurante, voy a perderlo todo.
Entonces hizo algo que jamás imaginé.
Se dejó caer de rodillas.
Comenzó a llorar delante de las pocas personas que quedaban.
—Te lo suplico. Ayúdame una última vez.
No sentí satisfacción.
Recordé al hombre que años atrás me llevaba café con canela mientras yo instalaba programas de madrugada en un restaurante pequeño.
Recordé nuestras conversaciones sobre construir un futuro juntos.
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