Recordé que una tarde, mientras acompañaba a papá a una tienda departamental, se había detenido frente a un estante lleno de juguetes.
—Cuando sea un poquito mayor voy a comprarle uno de estos —había dicho—.
Todos los niños necesitan algo que abrazar cuando tienen miedo.
En ese momento pensé que habría muchas otras Navidades.
Ahora sostenía aquel elefantito como si fuera un último abrazo suyo.
—Gracias —susurré.
Mamá se acercó, pero se detuvo antes de tocarme.
—Mariana, tu padre estaba muy orgulloso de ti.
Me lo decía constantemente.
La miré con los ojos llenos de lágrimas.
—Me habría gustado que me lo dijeras cuando estaba vivo.
Ella bajó la cabeza.
—Lo sé.
Salimos de aquella casa poco después de las 9.
Lucía me acompañó hasta el automóvil y me abrazó.
—Perdóname por no haberte entregado la carta antes.
—No sabías dónde la había guardado mamá.
—Pero debí insistir más.
Le apreté la mano.
—Lo importante es que hoy no te quedaste callada.
Conduje hasta mi departamento mientras Valentina dormía en su sillita, abrazada al elefante gris.
Al llegar, calenté un poco de leche, cambié su vestido mojado y la acosté.
Mi árbol navideño era pequeño.
Había comprado las luces en oferta y algunos adornos eran de cartón.
Pero aquella noche, por primera vez, no me pareció que faltara nada.
Me senté en el sofá y volví a leer la carta de papá.
Al final había una frase que no había leído durante la discusión.
«Hija, no necesitas convertirte en otra persona para merecer cariño.
Y Valentina tampoco.
Ojalá puedas enseñarle eso mucho antes de que tenga que aprenderlo por sí misma».
Me quedé mirando aquellas palabras.
Entonces comprendí que mi padre no me había pedido que dejara de querer a mamá.
