—En la cocineta del banco no había sillas. Mi mamá volteaba esta cubeta y yo me sentaba encima para hacer la tarea. Cuando me contrataron como mensajero, me dieron una silla de verdad. Esa misma semana ella te regaló la cubeta. Me dijo que ahora te tocaba a ti construir algo propio.
Josefina acarició el borde azul y sonrió.
—Monchito ya tenía dónde sentarse. Ahora le tocaba a mi Palomita.
Comprendí que mi empresa había nacido de un regalo mucho más grande de lo que imaginaba. Aquella mujer no solo me entregó una cubeta: compartió conmigo lo poco que poseía para que otra muchacha tuviera una oportunidad.
Al terminar la fiesta, nuestros empleados siguieron sentados como invitados. Los familiares recogimos platos y limpiamos el patio. Armando y yo tallamos juntos los baños de la escuela, esta vez sin espectadores que se burlaran.
Josefina dormía tranquila en una silla, con las flores sobre las piernas.
Y mientras apagábamos las últimas luces, comprendí que honrar a quien limpia no consiste en presumir que uno también sabe hacerlo. Consiste en conocer su nombre, respetar su trabajo y procurar que, cuando termine su jornada, tenga una silla donde descansar.
